“Las aventuras de Beremundo Filorte” Acto VI, o de cómo pudo ocurrir y por qué.

“Siempre que vuelves a casa
me pillas en la cocina
embadurnada de harina
con las manos en la masa.”

Los versos revoloteaban de un lado a otro en la cabeza de Beremundo, sumida en tinieblas etílicas. Una y otra vez se repetian, en un principio como ecos lejanos, casi colacaos, para ir cobrando cada vez mas nitidez. La voz le resultaba familiar, pero debido a la resaca no lograba endosarle un rostro. Lo que en un principio sonaba como alguien al que le hubiesen tapado la boca con una manta paduana se iba aclarando por segundos…

Hasta que, subitamente, resonó en su mollera lo siguiente, acompañado de un primer plano del rostro de su santa madre:

¡Papasconarrozbonitocontomatecochifritocalderetamigasconchocolate
cebolletaenvinagretamorteruelolaconcongrelosbacalaoalpilpilyunpoquitoperejil!

-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHH!- gritó Beremundo, abriendo los ojos de puro pavor y cagandose, figuradamente, en toda su ascendencia. Primero por el susto y luego por la resaca que tenia encima. Al parecer la noche debió ser movida pero no atinaba a recordar nada. Acto seguido se incorporó e intento enfocar la vista, ya que no veia un carajo y no sabia ni donde estaba. Se encontraba en la playa donde avistaron a las danesas, y con él estaba su tripulación, aunque algunos, aún estando allí, no se encontraban muy allá.

El panorama quitaba las suelas, osea, era desolador. Toda una veintena de hombres hechos ,y algunos contrahechos, desperdigados por la playa, con una resaca del 14, gimoteando y con los pantalones por las rodillas y la rabadilla al viento.

-Ay mi cabeza…-. era la coletilla de moda entre la tripulación.

-Ay mi culo…- dijo uno por lo bajinis, sospechando que habia cobrado en efectivo y en negro. Luego se daria cuenta de que habia dormido con el sieso encima de un pedrusco del tamaño de calatayud, con el consiguiente alivio para el, aunque el sieso le dolia lo mismo.

Beremundo se puso en pie intentando atisbar alguna teta, pero solo pudo ver pelonas y rabadillas, lo que le provocó un gran disgusto. Las danesas no estaban. Pero el barco tampoco. ¡Se lo habian robado!.

-¡Mi barcooooooooooooooooooooooooo!- Gritó al viento con los pantalones bajados y el culo al aire. -¡Mi barcooooo…!-

Los miembros de la tripulación empezaron a darse cuenta de lo sucedido. La tripulación también.

-¡Pero como ha ocurrido esto, desgraciados! ¡Habeis dejado que nos manguen el barco delante de nuestras narices! ¡Yo os mato a todos, os matoooo!

-Tranquilizate, Beremundo, alguna explicación debe tener esto.- Dijo Farnaco Praliné, uno de los hombres mas cabales de la tripulación. -¿Tu echaste el ancla antes de dejar el barco? ¿Estaba bien aparcao? Por lo menos le pondrias los faroles de emergencia ¿no?.- Farnaco era cabal hasta que se le iba la cabeza, cosa que pasaba con frecuencia y dejaba su cabalidad en entredicho. Beremundo hizo como que no habia oido nada, cosa que no le costó lo mas minimo porque el otro le habló en el oido sordo y en efecto no habia oido una mierda.

-¡Ahora estamos encallados en este atolón infecto!¡Vamos a morir aqui, panda de borrachuzos! Si es que ya me lo decia mi madre, no te juntes con esos, no te juntes con esos que no te van a traer nada bueno. ¡Si es que las madres nunca se equivocan, si lo sabré yo! ¡Madreeee! -sollozó, cual magdalena en un café hirviendo.

-¡Tú, vigía! ¿Acaso no te encargamos que vigiles el barco cuando estamos en tierra?

-Le aseguro que no vi nada mi capitán.- Dijo Anastacio, mientras se rascaba los huevos con la maestria que solo tiene alguien que ha consagrado su vida a tal menester. Acto seguido, y con la misma mano habil, se recolocaba las gafas con el dedo finger y le hacia la peseta al capitán, que se preguntaba que coño hacia el vigia hablandole al mar cuando él estaba justo en la dirección opuesta.

-Me están entrando ganas de pegarle a alguien. ¿Donde está el grumete?

-Creo que se quedó tirado en el barco.- dijo Barsanufio. -A saber lo que le puedan estar haciendo esas condenadas piratas danesas.

-Que cabrón el hijoputa del niñato… caaabrón…- pensaron todos.

-¿Como vamos a hacer para salir de aquí si no sabemos ni donde estamos y además llegamos de rebote y por el cipote, capitán?.- preguntó uno que de feo que era no querian ni saber su nombre.

-¡No lo se, maldita sea, no lo se!. Ahora mismo tengo una mezcla de rabia, colera e impotencia que me corroe las entrañas y me hace que sienta ganas de… ay dios…

Y sin mediar palabra salió corriendo hacia el espeso follaje haciendo el paso del pingüino a velocidad endiablada, con los pantalones a media asta y las manos en el bajo vientre, buscando un lugar discreto donde hacer lo que mejor sabia. No en vano tenia en casa un diploma de un curso nocturno de la Chicago University.

-¡Pipas chicles cacahués!- Se oyó en la lejania.

-¡Pipas chicles cacahués!- Se oyó en la mediania.

-¡Pipas chicles cacahués!- Les gritaba un tio enano con una cesta de mimbre al codo y traje de lagarterana.

-¿No tendrá usted papel higienico?- preguntóle Beremundo, agazapado tras unos arbustos.

-Si hombre, aunque es de segunda mano. Tres paquetes veinte duros.

-Demelo ahora y enseguida le pago, que no voy a ir a ninguna parte.- El hombrecillo le alargo los tres paquetes de papel con unas grandes pinzas. En efecto era papel usado.

Pasadas tres horas salió Beremundo de entre los matorrales con gesto de alivio y dirigiose al enano lagarterano, que de tanto esperar habia alcanzado el metro noventa.

-Tome buen hombre, aqui tiene sus veinte duros. Ahora digame, ¿donde estamos?

-¿Es que no son de aquí?

-Es una historia muy larga, si quiere lease los capitulos anteriores. Digame, elusivo. ¿Donde carajo estamos?

-Pues donde vamos a estar hombre, estamos en…

El final del Acto Sexto.

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