Las aventuras de Beremundo Filorte, capítulo 7 en letra y obra del espíritu santiamén (o momentillo).

– ¡Estamos en la isla del mono en inglés! – dijo tras una pausa el enano.

– Será entonces… – masculló Barnasufio, mientras preparaba un potaje de riñones en sus propias caderas.

– ¡Sí! – dijo el enano, esta vez sin pausa, pero tampoco sin prisa, porque no trabajaba para Polanco.

– ¡Nó! – era Beremundo esta vez.

– ¡Sí! – era Pablo Carbonel, que estaba allí cogiendo coquinas.

– ¡Es la Monkey Island! – dijo un polizón que se había colado en la isla desde otra aventura gráfica y que se ocultaba tras una emanación de gases, muriendo a continuación fulminado por un ataque repentino de copyright, mientras Jorge Lucas se mesaba la barba con una mesa camilla.

– ¿Ven? – continuó el enano – Por eso nunca decimos el nombre de la puñetera isla… veinte polizones van ya en este verano…

– Y eso que ha llovido hasta agosto, ya metidos en pleno afán, que no son fechas de que haga este tiempo.

– Ya le digo, ya le digo, está el tiempo loquísimo.
– ¿Y que hay aquí, aparte de estas rocas que vemos? – preguntó esta vez Anastacio Tralarí a una palmera que a su vez tenía tronco que a su vez tenía, con gran sorpresa para todos, hojas en su cima, junto a unos cocos que un mono se afanaba en pintarles la cara de Cary Grant cuando estaba en el excusado, y claro, ¿Quién no le excusaría un desliz a Cary Grant? Pues eso. El enano empezó a contestar.

– Aquí lo que mas hay es arena, hasta la parte en la que empieza el agua, en la zona de la costa mayormente. Luego allí están los peñascos, tras los cuales seguro que hay algo pero que yo no he visto dada su altitud y mi actitud, que es mas bien vaga y de menearme poco ¿sabe usted lo que cuesta vender chicles pipas cacahués vestido de lagarterana?

– Me puedo hacer un cálculo, si – dijo Beremundo, mientras le entregaba la cartilla “Sumas y restas 4” de Rubio al profesor, que lo miró con indignación. Luego ya indignación se fue porque tenía que comprar pastillas para los mosquitos. – ¿Y sabría decirme, maese enano, que es aquello que allí vislumbro?

– ¿Aquello? Nada….

– Dígamelo buen enano.

– Bah, si no es nada.

– Dígamelo, por favor, que le arreo con este maño de escayola de macael que tengo aquí agarrado por las corvas.

– Bueno, si me lo pide así… aquello es una cabina de teléfono, que funciona con peniques.

– ¡Ah! ¡Entonces, estamos salvados! – exclamó Beremundo – ¡Sólo me hace falta un penique para llamar a alguien y que venga a rescatarnos!¡Me voy a buscarlo y vuelvo en un santiamén! – dijo, mientras se alejaba diciendo adiós con la manita.

– Cuarenta horas de juego te quedan como poco… – masculló el enano para sí, aunque otros melómanos destacados mantienen que lo masculló para la bemol.

Y pasaron las cuarenta horas profetizadas por el enano, y otras tantas y un puñado más, en total, entre siete dias y una semana, y por fin apareció Beremundo, penique en mano, descamisado, las alpargatas ausentes y la vista nublada tirando a chubascos dispersos por la tarde.

– ¡Lo conseguí! ¡Estamos salvados! ¡Siete días, siete, sin comer, casi sin beber, de un lado para otro, pero lo conseguí!

En estos términos se acercaba a donde dejó su tripulación cuando partió, pero allí no había nadie. Miró hacia un lado y hacia el otro, y le pareció vislumbrar algo en la lejanía. Efectivamente, cuando se encaminó hacia allí, vio como toda su tripulación estaba en un chiringuito degustando una paella para siete por cabeza.

– ¿Pero que haceis? ¿Pero que haceis, insensatos? ¡Comiendo paellas mientras yo me jugaba la vida por ahí!

– No se excite, jefe – era Anastacio Tralarí, mientras se arreglaba su melena rubia con peine de carey – no se excite que la paella la pedimos hace una semana y la acaban de traer, y encima viene fria. Fíjese que en vez de gambas, lleva anarcántodes. No le digo más.

Y tras esto, como no pudo ser de otra manera, vino lo otro.

– ¿Pero vosotros sabeis lo que me ha costado conseguir el penique? ¿Pero vosotros sabeis por qué penurias he tenido que pasar? ¿Pero vosotros… esto.. vosotros… vosotros podríais dejar de comer y dejadme que os lo explique ¿no? ¡Que soy el capitán, joder!

– ¿No era el capitán Siglo? – susurró un marinero a otro marinero que tenía a su lado.

– No hombre, este es Beremundo, el capitan Siglo es un chiste del prólogo que no ha entendido nadie. – respondió el segundo marinero.

– Aaahhhh…. – dijo el marinero primero.

– Pues aunque no lo querais, os lo voy a contar… Oí de boca de un despistado ébrio que me encontré que por aquí estaba el tesoro del temible pirata Le Chuck Norris, que doblegó las flotas de media Europa a base de patadas giratorias de pata de palo. Entonces me dispuse a cortarle los huevos al loro…

– ¿Que loro? – preguntó Lázaro, tras lo cual se levantó y anduvo.

– Dejadme buen Lázaro que acabe la historia y lo comprendereis todo. Pues eso, fui a cortarle los huevos al loro, porque necesitaba que el aborigen me diese el palo afilado para luego usarlo con mi camisa en mi inventario y hacer así una bandera, para atraer al mono de los cocos de Cary Grant y me diese uno, que luego tuve que partir para encontrar en su interior un balandro en miniatura, que le regalé al gobernador del atolón, que era el mismo aborigen de antes pero con otra ropa, que al obtenerlo saltó de alegría, perdiendo así una alpargata. Con esta alpargata, y las dos que yo llevaba puestas, pude hacer una alpargata de tres pieses de largo para el curandero cojo de la tribu perdida, que me dió un destornillador marca Braun Silkepil, con el que pude desatornillar la bisagra de la caja fuerte que había en medio de la arena, donde se encontraba el mapa.

– ¿Y así consiguió el penique?

– No, para conseguir el penique tenía que desenterrar el cofre, que sabía que estaba bajo la secuoya de encima del monte con forma de tetera, así que tuve que buscar una piedra con forma de cincel para arrebatarle la pala de piedra a la estatua conmemorativa para cuando Antonio Molina haga “Soy minero”, y ya con la pala pude desenterrar el cofre y… pero bueno, despertaos leñe, que estoy aquí abriendo mi alma y estais ahí sobando haciendo la digestión de la paella…

– Es que jefe, con el calorcito y el run run, parece usted un documental… mire, si hasta le ha salido un logotipo de la 2 en la mano…

– Bueno, no se hable mas, voy a usar la cabina y a salvarnos a todos.

Y así se encaminó a la cabina, introdujo el penique y marcó el número que le salió de los cojones, porque no se sabía ninguno.

– Telefórica le informa que el número que ha marcado no está disponible porque las cabinas de teléfono no se han inventado todavía, pero descuide que el penique nos lo quedamos ¿eh? que tenga un buen dia, pardillo- Le respondió una voz pregrabada no se sabe donde, porque el contestador automático tampoco existía.

La blasfemia que profirió Beremundo hizo que hasta a Jorge Javier Básquez, que estaba allí probándose unas gafas se le rizara el vello de los omóplatos (que son platos gays).

– ¡Mire mi capitán, un barco! – exclamó Anastacio mientras se ajustaba el corpiño al redil.

– ¿Quienes serán? – se preguntó uno que estaba allí y que no voy a decir el nombre porque prefiere seguir en el celibato.

– ¡Mire, mire, bajan con cajas de postres lácteos en una mano y lanzas en las otras, y van con armaduras!

– Dejadme a mi – dijo Beremundo, tras lo cual se dirigió al que llevaba la estrella de sheriff en el pecho.

– Buenos días – dijo el sheriff

– Buenos días, señor… – Beremundo se fijó en el nombre que ponía en la estrella – Buenos días, digo, señor Comansi. ¿Que les trae por aquí?

– Pues venimos a dejar estos flanes por aquí, que tenemos un pedido para un chiringuito.

– ¿Cómo? – respondió Beremundo, visiblemente airado de componente oeste – Yo soy el encargado del chiringuito y nosotros ya no trabajamos con vosotros, nos vino otro representante y nos dio mejor precio…

– ¿Ein? ¿Ya no trabajan con nosotros? Mire que somos los tercios de flandhul…

– Nada, nada, aquí ha habido una confusión….

– Vaya… bueno, pues tendré que llamar a mi jefe… ¿Sabe usted donde hay una cabina?

– Si, claro, allí mismo, vaya, vaya a buscar al aborigen, que le dirá como conseguir un penique para llamar…

– Encantado, ahora mismo – y diciendo esto, el sheriff Comansi se dirigió a sus huestes y les dijo – ¡Por el tercio! ¡Por el flan! ¡Por los lacteos y los elecaseis! ¡A cortarle los cojones al loro!

Y mientras en tales menesteres se encontraban los del tercio de flandhul, Beremundo aprovechó para robarles el barco y dos cajas de Actimel, que estaban pasados de fecha y le provocaron grandes cagaleras.

Fin del capítulo 7, capítulo indeleble.

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4 comentarios en “Las aventuras de Beremundo Filorte, capítulo 7 en letra y obra del espíritu santiamén (o momentillo).

  1. satanick

    Me he pasado. En longitud, en surrealismo y en freak. Pero como dijo el papa, “ojú que caló hase en Málaga”. Palabra del señor, te adoramos el bistec ¿o está bien así?, amen, amen….

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