Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo 1

Cuando llegó a la escena del crimen, el forense trabajaba afanosamente en tomar todas las pruebas posibles al cuerpo de aquel desgraciado. Las luces de los coches patrulla iluminaban aquella fría noche de febrero, y multitud de curiosos se acercaban para ver que estaba ocurriendo. Encendió un cigarro y el resplandor de la llama iluminó su rostro, que tenía una expresión de total inexpresividad.

– Detective Gómez – llamó una voz a su espalda – estoy aquí.

Era el sargento Valcarce, al que no reconoció ya que acababa de cambiar de peinado.

– Sargento – dijo Gómez saludando cansinamente con la mano – veo que se ha cambiado de look. Parece Kojak con la calva.

– Si, el otro día empecé a afeitarme y no supe parar. Hasta el culo llegué.

– ¿Qué tenemos aquí?

– Varón, de treintaycinco años, complexión fuerte, llevaba cien euros en la cartera, ahora el forense tiene cincuenta y yo el resto, carnet de identidad, carnet de conducir, la tarjeta del club Dia%, la de la biblioteca, un bonobús caducado de los de picar y por lo demás, totalmente indocumentado.

– Tendremos problemas para identificarle.

– Ya le digo Gómez.

– ¿Qué?

– ¿Qué de qué?

– ¿Qué me dice?

– ¿De qué?

– De que ya me dice.

– ¿Que le digo?

– Exacto.

– Pero no se que decirle

– Lo de antes.

– Ah, vale. Varón, de treintaycinco años, complexión fuerte, llevaba cien euros en la cartera, ahora el forense tiene cincuenta y yo el resto, carnet de identidad, carnet de conducir, la tarjeta del club Dia%, la de la biblioteca, un bonobús caducado de los de picar y por lo demás, totalmente indocumentado.

– Yo se quien era ese desgraciado – Dijo una voz femenina a espaldas de los policías, que se volvieron picados por la curiosidad.

Era realmente atractiva. Fumaba un cigarrillo con boquilla, y su ceñido vestido rojo dejaba poco a la imaginación. Ella tenía un aire melancólico como un atardecer en otoño, una sonrisa fresca como una playa en verano, una mirada pícara como un prado en primavera, y un grano en la nariz como un bidón de la basura lleno en un día de terral de agosto a las tres y media de la tarde. Sería perfecta, de no ser por su incipiente obesidad, que hacía que en su perfil se confundiera papada, pecho, barriga, muslos, rodillas y tobillos en una sinfonía de flacidez.

– ¿Y quien es usted, si puede saberse?

– ¿Es importante el nombre, oficial?

– La verdad que no, que esto no lo va a leer ni dios.

– ¿Con minúscula?

– Tengo el corrector del Word roto.

Tras un par de tensos segundos, que a ellos les pareció que duraron dos segundos, ella se dió la vuelta y así Gómez pudo contemplar su formidable trasero, no por lo bello sino por lo extenso. Mientras se alejaba canturreaba:

– Almería, un inmenso coral… un globo dos globo tres gloobo… ¿que tiene la tarantela que viene y que vá? A las doce la mañana me como un kilo calamá…

Gómez se quedó mirando como se marchaba contoneándose, y apartó la vista cuando con un contoneo volcó un Talbot Horizon color azul sepia. Después, centró su atención en el cadáver y en Valcarce, que falló cuando tiró a puerta, y eso que el centro fue perfecto.

– ¿Se conoce la causa de la muerte?

– Causas naturales, jefe.

– ¿Naturales? ¿Y esos quince agujeros de bala en el pómulo derecho, sin contar los otros ocho o nueve del izquierdo, y las veintisiete puñaladas en el occipital?

– ¿Con eso le parece a usted que no es natural que se muera?

– Hombre, visto así…

– ¡¡¡ GÓMEZ !!! – la voz del comisario atronó en los oídos del detective.

– ¿Sí, señor comisario?

– ¿Que tenemos aquí?

– ¿En que mano, señor comisario?

– El comisario avanzaba hacia ellos con los puños cerrados y los brazos extendidos.

– En la que tu digas.

– Esta.

– ¡¡¡ Te ha tocado !!! – dijo leyendo un papelito que guardaba en el puño

– Este caso es tuyo. Tienes 24 horas para traerme toda la información que puedas del fiambre, quien le mató, por qué, dónde, como y si fuera posible, quiero que me diga por qué el cadáver escribió con sangre ese nombre en el suelo.

– No se preocupe, comisario, sé hacer mi trabajo.

– Eso no es todo, Gómez. Ya ha llegado su ayudante.

– Yo trabajo sólo.

– No me joda Gómez, no me joda que estoy con las almorranas salidas y de bromas, las justitas.

– No, ya sabe, si es por lo del convenio, cada vez que se nos asigne un nuevo compañero tenemos que decir eso.

– No sabía yo lo del convenio.

– Si hombre, y si no fíjese en el cine: Arma letal, Vivancos 3, Harry el sucio…

– Vale, vale. Bueno, a lo que íbamos. Es un recluta nuevo, pero te prohíbo tajantemente que le tomes el pelo.

– ¿Y como se llama el pichón?

– Angelote Montoya Murano.

En aquel momento, Valcarce cayó al suelo desvanecido, víctima sin duda de un ataque de rima salvaje.

– ¿Y a este que le pasa? – preguntó el comisario.

– Ná, que la ha dado la tontería

– …pote…oya… dos manos… – murmuraba Valcarce en el suelo – me meo… pote…

El forense, arrodillado junto al cadáver, requirió de la atención de Gómez y del comisario.

– Comisario, sargento, miren – dijo mientras mostraba un bastoncillo estéril impregnado de una sustancia amarillenta – Creo que esto es determinante para el buen desarrollo de la investigación, y seguro que si lo llevo a laboratorio podremos dar con la identidad del asesino.

– ¿Qué es? – preguntó Gómez.

– Cerilla de las orejas, que tenía bajo las uñas.

– Que tio más deforme.

– Seguramente se la arrebatase a su atacante en el forcejeo.

El comisario agarró su walkie-talkie blanco con un transformer dibujado en la parte de atrás y dijo:

– Voy a dar la orden de búsqueda de un sospechoso sin cerilla en las orejas – cortó la comunicación del walkie – ese bastardo no puede estar muy lejos. ¡Ah, mira! Ahí llega tu compañero.

Angelote Montoya no era agradable de ver, aunque tampoco carecía de encanto, ya que mucha gente se sentía encantada cuando se marchaba.

– Bunas tardes – saludó Angelote.

– Serán “Buenas” – replicó el detective Gómez.

– Lo serán para usted. Para mi con la cara que tengo, pueden ser de todo menos buenas.

– ¿Qué le parece lo que tenemos aquí? – medió el comisario, para templar los ánimos.

– Me parece que este pobre desgraciado está muerto, y se lo merecía. Era Bill “El Mazas”, un trapicheante del tres al cuarto…

– Sí, está claro que trapicheaba – dijo Gómez – No hay más que ver los tres al cuarto que le asoman del bolsillo.

– ¿Y ese nombre que ha escrito con sangre? – leyó Valcarce – “Michael Nyman…”

– Espera, hay algo mas – leyó Angelote – “… no me gusta una mierda”.

– Se ve que era una persona que tuvo buen gusto hasta el final. Eso le honra, pero por eso no deja de ser un maldito muerto.

– Que duro eres, Gómez.

– Me lo dicen mucho. Tengo una corazonada, esperemos a la autopsia… creo que este hombre ya estaba muerto cuando lo trajeron aquí.

¡CHA-CHAAAAN! del capítulo 1

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6 comentarios en “Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo 1

  1. Mapashito

    El Mazas, jejej, seguro ke lo has sacao de los tebeos Makoki!!
    Cada vez os superais más, cabroooonessss (como diria el triste cantante de Mago de Oz-ú ke mierda de gruporwl).
    Jooooo, kiero ya el capitulo 2

  2. satanick

    Tu sabes que yo bebo de vosotros, amado público, amigos, que digo amigos, mas que amigos, sois, sois… sois incluso más que eso, que sois unos inclusos, que digo inclusos, sois reclusos, recluidos teníais que estar, cabrones 😄

  3. NJ

    la madre que te pario curro … eres un puto maquina !!!!! Han pasao yo que se cuantos años y sigues siendo el mehó!!!.
    La mierda es que estoy en el curro y tengo que hacer malabares pa no reirme, cohones !!! Exijo el capitulo 2 YA!!!
    Voy a ponerme a cotillear textos antiguos, q no tengo mas ganas de trabajaaaaaaaa!!
    Un besazo!

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