Cuento indeleble: Metamorfosis vídrica

Aquel zapato sucio y pestilente, lleno de goterones, grasa y otras manchas sin clasificar fue lo primero que vi tras recibir un impacto de vidrio en mi único cuello, el cual me dejó tatuada la palabra Duralex en el cogote. Esos dos cabrones con suela, tacón y cordones se habían enganchado a mis pies cual oso amoroso abraza a otro oso amoroso. El vaso estalló en mil pedazos, bueno yo diría en 997 exactamente, aunque el camarero había apostado en Bwin a que estallaría justo en 1 trozo, y al final ganó la apuesta. Un perroflauta con dientes en los ojos y ojos en los dientes, al que sólo mi tercer ojete vio, había osado a asar un oso y tirarme luego el recipiente donde bebía agua de fregar aquella estúpida noche.

Todo pasaba muy despacio, tan lentamente que un caracol pasó a mi lado haciendo un derrape y me saludo con la mano de goma. El camarero recogía a velocidad 3 los trozos de cristal del suelo con una fregona a modo anuncio de televisión de Estrella, que no deja ni huella, es más, lo que dejó fue un rastro de impecable limpieza, que hasta el Mayordomo de Tenn (con bioalcohol) se asustó. La cabeza me daba vueltas de izquierda a derecha como un aspersor (o periquito, ¿y canta? Qué va sólo se caga en la jaula, come alpiste y bebe agua, esa es lo único divertido que hace) en agosto: chss, chss, chss, chss, chss, chss, chsssssss, chss, chss, chss, chss, chss, chss, chsssssss. Y un terrible dolor de huevada me impedía decir algo coherente: Mamá ponme un zapato con mucho hielo, no me eches tantas patatas en el bolsillo de la camiseta que luego no me las como. Papiiii, tengo los dedos de colores, como una caja de lápices Alpino, los cuales no tiene rima, tienen una colección completa de versos, caprítulos y epílogos de libros de Goya, que rima con Rinoceronte.

Cuando me levanté y alcé la Windows Vista, no había nadie en el local. Todo el mundo se había ido. Habrían pasado como horas, no se, quizás 5 días, 7 horas, un minutos, diez segundos, tres perros, un canario, el televisor de mi cuarto, una caja de ropa, la silla, la mesa,… Perdón, estaba haciendo inventario para la mudanza. No quedaba ni el Tato, es más, el Tato estaba en su casa haciendo ganchillo y macramé.

Era todo como un sueño. Eso me daba que pensar. La única neurona que había en mi cerebro estaba dándole vueltas a una farola. De repenete, como Espinete, se paró por unos instantes. Susurró algo así como: El patio de mi mmmmhhmm, es particummmmm, Mmmmhhmhm, mmmm, mmmmmmmm, mmm, me como un kilo de melón. Acto seguido, capítulo cuarto, versículo dos, ventrículo izquierdo, inició de nuevo la marcha y continuó corriendo como si nada hubiera pasado. Empecé a pellizcarme para cerciorarme de que no estaba soñando, para comprobar si me dolía, y efectivamente, acabé con más moratones que el cardenal Richelieu, el cual hacía honor a su nombre.

Traté de pensar de nuevo en algo, pero mi neurona seguía absorta corriendo y cantando no se qué canción de un caballo que camina pa’lante, el caballo camina pa’trás. Me miré a mi mismo reflejado en uno de los trozos de cristal y observé que donde antes tenía una preciosa barbilla, que era una Barbie hecha de arcilla, ahora tenía una barba frondosa pintada con Kanfort, gafas con cuerdecita para que no se pierdan, una calva que haría envidiar hasta al mismísimo Don Limpio (Mr. Proper ha cambiado ahora se llama Don Limpio, Don Limpiooooo). Y no contento con eso, se hallaban también acoclado en mi cuerpo tres sobreros (alguno que otro de copa), dos corbatas, una túnica morisca, cuatro camisetas, un pantalón corto y uno largo, tres periódicos de La Farola, La Calle y Qué Pasa, prendidos de la ropa con tres añejas pinzas de la ropa, y ahora si que no estaba haciendo inventario para mi mudanza. ¡¡¡Todo eso estaba puesto en mi cuerpo!!!

No lo podía creer, volví a pellizcarme el brazo para salir de aquella pesadilla ( por favor, camarero, una pesadilla con queso y jamón, un burrito, unos nachos, tres franciscos y un enrique). Enriqueeeeee, Enriqueeeeeeee. Mi cabeza solo retumbaba ese nombre. Era verdad, no soñaba, me había convertido en el mismísimo Mocito Feliz y Gracioso, antes conocido como Mocito Feliz. Visto lo cualo, decidí asumirlo. Me saqué del bolsillo central de la túnica morisca que tenía bajo los calzoncillos (esta no la había contado, de ahí el grandísimo dolor de huevada) una barrita de pegamento marca MORGAN DODACUI, y pegando trocito a trocito los cristales del vaso conseguí hacer un marco de fotos estilo Tiffani que me quedó precioso para poner la foto de Don Pimpón en mi mesita de día, la cual se convierte en mesita de noche cuando cae el sol.

Anuncios

4 comentarios en “Cuento indeleble: Metamorfosis vídrica

  1. juan morgan

    Basado en hechos reales, aunque cualquier parecido con la realidad sería una puta coincidencia ¿ka pasao con los spaguetis maricones con bufandas del málaga que resultan ser la bufanda de tu abuela? Brutal 😄

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s