Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo Zai

Gómez tenía los pies apoyados en los talones, que reposaban encima de la mesa. El resto de su cuerpo pendía de los talones y aguantaba parte de su peso en sus posaderas, que no eran de esas posaderas que van con corpiños ajustados y una jarra de cerveza en una bandeja, sino las posaderas que son el culo, que por cierto se encontraban encima de un sillón de eskay colorado monísimo. En la mesa del despacho donde apoyaba los talones, se agolpaban expedientes criminales sin leer, fotocopias de otros expedientes, también sin leer, expedientes del forense que aún no había leído, varios expedientes antiguos que ni siquiera habían sido recorridos fugazmente por sus pupilas y un releído (o al menos revisto) y acartonado expediente que se llamaba “Hotel Culitos calientes”, referente a una redada en un club de alterne de la ciudad.

Obviamente, ese expediente incluía fotos.

Gómez apuraba la colilla de su cigarrillo cuando Angelote irrumpió en el habitáculo:

– Señor, un confidente ha hablado.

– Menos mal, si no, vaya mierda de confidente.

– Si, señor. Ya tenemos la dirección de Bill.

– Estupendo, vamos hacia allá.

Salieron del habitáculo como a cámara lenta, con un aura etérea a su alrededor, se pusieron las gafas de sol encendiendo otro pitillo a la vez, asegurando sus armas en sus pistoleras, asegurando sus huevadas en sus calzoncillos, rascándose la barba de tres días mientras pasaban por delante del resto de compañeros que les miraban con mezcla de envidia y admiración en sus faces. Llamaron al ascensor y mientras esperaban, Angelote comentó por lo bajinis:

– Me encantan estas salidas a lo Tarantino.

– Calla ladrón, que te van a oír.

Como el coche lo tenía Trulla, que no había vuelto porque había parado para comprar gambas de segunda mano en el rastro, pensaron en coger el autobús de línea, pero ese día había un corte del servicio y comunicaba. Finalmente, fueron encaramados a un par de hombres-taxi. Tras pagar el paseo (porque carrera, lo que se dice correr, no habían corrido), se apearon de los hombres, formando una nube pestilente a su alrededor que se disipó con el frío viento de la tarde de agosto. A unas manzanas de allí, a una señora que tendía le pareció oler a coliflor cocida, pero no le dio más importancia y siguió tendiendo enaguas. Su canario, más sensible que ella, murió sin decir ni pio.

– Aquí es señor.

Gómez leyó el cartel que colgaba en la puerta.

– Apartamentos Manoli: Entre

Esto lo dedujo, porque al cartel le faltaban varias letras, y realmente ponía “Apartamento Maloli: Ente”. Entraron en la recepción, y descubrieron con asombro que incluso con suelo de loza, si la capa de polvo es suficiente, las patatas encuentran agarre. Avanzaron por el vestíbulo y lo que a Angelote le pareció los caramelos de toffé que cubrían un cuenco salieron corriendo en mil direcciones con miles de patitas dejando al descubierto un cuenco de fruta de cera recubierta de cagadillas de cucaracha. Llegando al mostrador, Angelote, que aun intentaba controlar su estómago y su contenido, rezó porque aquella cosa peluda que había encima de la mesa fuese una mopa, o como mucho, una mascota.

Realmente era ambas cosas.

La campanilla resonó por los pasillos de aquel edificio cuando Gómez la pulsó enérgicamente varias veces. El eco duró lo que les pareció una eternidad, compitiendo sólo con el zumbido del moscardón que había huido, bastante mareado por cierto, del interior de la campanilla. Un sonido a pies que se arrastraban les llegó desde el pasillo de la derecha, hacia donde dirigieron sus miradas para ver como un anciano apoyaba su mano en un bastón a través de un periódico deportivo de hojas ya amarillentas (el titular de portada rezaba “Di Stéfano, al Madrid”) mientras con la otra mano trataba de aguantarse los pantalones, que parecían intentar huir de aquel huésped por todos los medios. Gómez se adelantó:

– ¿Es usted el encargado de este cuchitril?

El anciano le miró fijamente al sobaco y respondió con una ininteligible sucesion de sonidos gluturales, tras lo cual se quedó mirando al suelo unos segundos, chasqueó la lengua y se marchó por la puerta principal con aire afligido. Gómez y su compañero se quedaron como hipnotizados, mirando la calle a través de los cristales esmerilados de la puerta. Luego se darían cuenta que no era esmeril, sino que era mierda.

– ¿Deseaban algo? – dijo una voz femenina a sus espaldas, o sea, a traición.

Cuando se giraron, se les llenó el campo visual de hembra. La mujer que tenían frente a sí, o igual no, pero sí, ocupaba todo el espacio disponible en el mostrador. Sus pechos reposaban encima de la encimera de madera, incluso sobresaliendo un par de centímetros. Angelote volvía a luchar contra su estómago. Si aquella mujer se tendía en el suelo, sus moyas parecerían una reproducción del sistema penibético en miniatura. Gómez tragó saliva porque no tenía nada mas fuerte a mano. Conocía a aquella mujer.

– Volvemos a vernos – le dijo ella, haciéndole una seductora caida de pestañas. Seductora si eres un paquidermo, claro.

– Efectivamente preciosa. Recuerdo que cuando te fuiste, vi una parte de ti que desconocía fuese posible en una mujer. – respondió Gómez, recordando como aquella mujer volcó un Talbot Horizon con sus posaderas, que no eran de esas posaderas que van con corpiños ajustados y una jarra de cerveza en una bandeja, sino las posaderas que son el culo. Tras dudar un momento a causa del Deja Vú, retomó la conversación.- Espero que ahora que tenemos tiempo y estamos en un hotel, nuestra conversación se pueda extender durante más tiempo que la última vez. Para empezar, todavía no se cual es tu nombre…

– ¿Y que importa eso? – dijo ella, mientras Gómez se giró hacia Angelote y le hizo señas de que apuntase todo lo que aquella testigo dijera o dijese. La observó durante un momento, encendió un cigarrillo y quitándose las gafas de sol, le espetó:

– Me gusta saber el nombre de las mujeres que hago aullar de placer, muñeca.

Angelote rompió el lápiz de la impresión. La mujer permaneció detrás del mostrador, impasible. No se movió un ápice. Sin embargo, sus pechos sobrepasaban ahora el mostrador unos diez centímetros más que antes. Angelote, que observó este extraño fenómeno, tuvo en ese momento una más amplia acepción de la frase “poner las luces largas”, o de “toro empitonado”. Sin saber como, se encontró a si mismo pensando en el bastón mágico de Goku.

Mientras tanto, la mujer, mirando a Gómez, intentando guardar la compostura pero visiblemente excitada, y auditivamente también porque se oía un palmeteo en toda la recepción del hotel, susurró al detective:

– Cuando haya acabado contigo, querrás no saber mi nombre, te lo aseguro…

Gómez, impertérrito, impasible, con cara de Clint Eastwood vestido de vaquero en Almería, tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con el tacón de su zapato. Luego se humedeció los labios con la lengua. Ella, en toda su excesiva voluptuosidad, hizo lo propio con la parte frontal de sus dientes superiores. Angelote se encontró pensando, de nuevo sin saber por qué, en el poema “Verde que te quiero verde” y en el interior de las ollas de callos cuando ya se ha servido todo.

– Oye princesa, te empujaría por todo el hotel sin usar las manos en este momento, pero soy un policía, estamos hechos de una pasta especial, y aunque ahora mismo se me viene a la mente el anuncio de turrones Picó, antes que hombre, soy hombre de palabra, y mi palabra se la dí al cuerpo de policía, que ahora mismo, es el único cuerpo que es capaz de poseerme sin tener jaqueca al día siguiente. Así que seré claro: estoy aquí porque quiero ver la habitación de “El mazas”. Puedes darme la llave ahora, y estaré en deuda contigo. O puedo volver con una orden judicial y detenerte por obstrucción a la justicia. Pero antes que te decidas, quiero que sepas que yo siempre pago mis deudas, y en tu caso, lo haría con sudor de mi propia espalda.

– Que duro eres, Gómez – dijo ella, mirándole a los ojos. – Ahora entiendo por qué existen los gays: el equilibrio cósmico tiene que compensarte a tí.

– Me lo dicen mucho, sí. Ahora dame la jodida llave.

– Manola.

– No, te he dicho que la llave, de lo otro ya hablaremos.

– No. Es mi nombre. Me llamo Manola. Bueno, me llamo Virginia, pero desde los quince años todo el mundo me llama Manola.

– Puedo hacerme una idea de la razón – murmuró Angelote, que de repente, entendió por qué llevaba toda la tarde pensando en cosas raras, y sintió como las fuerzas le abandonaban y le hacían trastabillar en sus talones para mantener la verticalidad.

– ¿Que le pasa a tu compañero? – dijo ella, tendiéndole la llave.

– Es nuevo. Todavía no tiene estómago para esto. – respondió Gómez, recogiendo la cómoda llave.

– Que duro eres, Gómez.

– Me lo dicen mucho, ssss.s.. eeer… ¿Esta broma no era una vez por capítulo?

– Es que me estás poniendo bruta, canalla.

Gómez, dándole tal colleja a Angelote que casi lo tira al suelo pero que lo hizo volver en sí (o quizás en do#, no sabría decir yo ahora), subió por la sucia escalera. Mientras, abajo, se oía como Manola cantaba “Marinero de luces” por lo bajinis mientras alguien o algo aplaudía. Se oyó también el chapoteo de sus pies al salir de la recepción, seguramente, para buscar una fregona y unas bragas secas.

Angelote y Gómez se detuvieron frente a la habitación. Con movimientos calculados, como les enseñaron en la academia, se hicieron varios gestos para planificar la entrada. Finalmente, Angelote maldijo por lo bajo cuando Gómez susurró:

– Papel, gano yo. Te toca abrir.

Angelote abrió la puerta e irrumpió frenéticamente en la habitación apuntando a todos lados con su arma reglamentaria. Pero la tensión acumulada por el episodio de la recepción y el propio frenesí hicieron que perdiese el equilibrio, precipitándose por la ventana abierta. Gómez entró blandiendo su arma también, se acercó a la ventana por la que su compañero había caido, para comprobar que, providencialmente había un vendedor de melones coreano (el vendedor, no los melones que eran de Villanueva de las Mellizas) justo debajo, con un toldo que aunque sustentado por cuatro cañas de bambú había soportado perfectamente el peso del policía.

Sus nervios se pusieron en tensión cuando oyó una tos en el dormitorio. Se acercó a la puerta, y abrió de una patada. Bueno, realmente le dió una patada a la puerta, que no se abrió porque abría para dentro. Entonces ya sí, dándole una patada para dentro, logró abrir la puerta. Se esperaba encontrar cualquier cosa allí dentro.

Se podía esperar todo, excepto aquello.

En la cama se encontraba Paco Martínez Huesca, con un perro dálmata sumiso totalmente desnudo bajo las sábanas. Desnudo el perro, Paco llevaba un pijama abotonado, así de abuelo… si hombre, joer, de esos dedos partes y que son color pared de hospital, de esos que venden en el Carrecuatro que son de marca moneda 1… que si coño… si los habeis tenido que ver…

Gómez se quedó mirándole con una mezcla de mirada y visión, cuando el forense, obviamente sorprendido por la forma de irrumpir en aquel su nidito de amor, le dijo:

– No es lo que parece.

– ¿Ah, no? ¿No estás en la cama con un dálmata?

El senil forense, mirando a Gómez como un cerdo miraría a Juan Y Medio un día de matanza, le dijo:

– No. Ni por asomo. Es un dogo salpicado de tinta.

CHA-CHAAAAN del capítulo zai.

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4 comentarios en “Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo Zai

  1. Queee guaaaaaaapo Juan… 😀

    Momentazos:

    -“Si aquella mujer se tendía en el suelo, sus moyas parecerían una reproducción del sistema penibético en miniatura. ”
    -“Visiblemente excitada, y auditivamente también porque se oía un palmeteo en toda la recepción del hotel”
    -“Entonces ya sí, dándole una patada para dentro, logró abrir la puerta.”
    -“En la cama se encontraba Paco Martínez Huesca, con un perro dálmata sumiso totalmente desnudo bajo las sábanas. “

  2. mapashito

    Joder, tuve la primicia de leer el primer tercio del capítulo zai, pero no me podía imaginar, del verbo En qué piensan mis neuronas, que las dos últimas partes iban a ser brutales!!
    Totalmente de acuerdo en los momentazos, a los que añadiría:
    .- “Con movimientos calculados, como les enseñaron en la academia, se hicieron varios gestos para planificar la entrada. Finalmente, Angelote maldijo por lo bajo cuando Gómez susurró:
    – Papel, gano yo. Te toca abrir.”
    .- “Sin saber como, se encontró a si mismo pensando en el bastón mágico de Goku.”

    Como ya sabes me encanta la técnica del paneo en “cámara super-lenta” para empezar los caprítulos 😀

  3. juan morgan

    “Mientras, abajo, se oía como Manola cantaba “Marinero de luces” por lo bajinis mientras alguien o algo aplaudía. Se oyó también el chapoteo de sus pies al salir de la recepción, seguramente, para buscar una fregona y unas bragas secas”

    ¿Y DESPUÉS DE ESTO QUÉ SERÁ LO PRÓXIMO?

    que animal…

  4. Pues no te creas, el cuerpo humano tiene incontables miserias que nadie se ha atrevido a explorar por una cosa que llaman “vergüenza” o algo así.

    De todas formas, la realidad siempre supera a la ficción.

    Piensa en el puchero. Todos lo comemos o lo hemos comido. Y se hecha al caldo un hueso semipodrido salado, para que al hervir, suelte “sustancia”.

    ¿Entiendes lo que quiero decir?

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