Thortamon, tierra ignota: Capítulo palito uve (pero sin lagartos).

Peligo llegó a la linde de un rio, y mirando su reflejo en las cristalinas aguas, pensó: “Que feo eres, hijoputa”. Justo despues, cayó dormido, exausto por la caminata.

Mientras tanto, en el castillo de Brifidón, el malvado tirano (si alguien conoce algún tirano bondadoso que me lo cuente) se preparaba para dar una orden. Una orden que sus sirvientes temían. Una orden que significaba que estaban o iban a estar de mierda hasta el cuello.

– ¡Sirvientes! ¡Ya he terminado de cagar!

Goblins y otras alimañas de piel o pelaje suave corrieron a esconderse en oscuros recovecos rezando porque no se le acabara el papel como aquella vez.

Todas aquellas criaturas respiraron tranquilas cuando vieron como el limpiaortos real llegó empujando un carrillo de mano en el que portaba un gran rollo de suave papel de seda, seguido de una procesión de vírgenes cándidas e incólumes, pero que cuando terminaran de hacer lo que habían venido a hacer, seguirían siendo vírgenes pero lo otro… habría que verlo.

Mientras el limpiaortos se colocaba los guanteletes de cota de malla, ayudado por dos vírgenes, Brifidón, en pié pero apoyando el pecho sobre un taburete formando un perfecto ángulo de 45º de necromántica escatología maligna, atendía a su consejero, un viejo y deforme humanoide más cercano al dibujo de un hombre en cuclillas que podría hacer un mono ciego y manco pintando con sus pies y usando de pincel una gallina histérica embadurnada en tinta.

– Sssseñorrr… lasss noticiasss ssson magníficasss… el drrragón negrrro acaba de arrrasssarrr la casssa de essse pequeño hombre-cabrrra, Peligo, y espera allí a que le demosss nuevasss órrrdenesss… – dijo el consejero, aunque esto se sabe porque la voz provenía del bulto ya que boca no se le distinguía en aquella masa de carne deforme.

– Aaaahhh… ¿Dices que sigue allí? – preguntó Brifidón, disfrutando de la limpieza rectal, y evitando mirar directamente a su consejero a aquello que a el le parecían dos ojos descolgados pero que tenían pelo.

– Sssí, ssseñorrr…

– Traedme la bo…OOOOoooohhhh… ooohooola de visionar dragones – Masculló Brifidón, mientras el limpiaortos proseguía su trabajo.

– No ssse sssi podrrra ssserrr, ssseñorrr… no sssé que horrra esss, sssi esss horrra de visssionado… – contestó el consejero – Limpiarrrtosss, ¿tu tienesss horrra?

Es sabido que en Thortamonn, la magia funciona de manera diferente al resto de universos mágicos conocidos, y aunque también hay rayos, chispas, efectos especiales, ranas, etc, cada hechizo o artefacto mágico sólo puede usarse durante unas horas establecidas al crearlo. Según las antiguas escrituras, esto es así por decisión de los dioses supremos, para que la magia no fuese una fuerza descontrolada que arrasase con el universo y su propia concepción, aunque otra ola de creencias sugiere que los dioses supremos establecieron estas leyes para “Grupir mol lupo”, o lo que es lo mismo, “Dar por culo”.

– No sabría decirle, consejero – dijo el limpiaortos – normalmente llevo el reloj en la muñeca izquierda, y ahora mismo el reloj se encuentra en el interior de nuestro señor Brifidón, así que aunque lo sacase, no creo que pudiese leer nada en él hasta un par de buenos bruñidos…

Brifidón cortó por lo sano, por lo que quedó adherido lo chungo:

– ¡BASTA! ¡Consejero! Traeme la bola o te juro que te daré tal trato que la palabra deformidad SÍ que tendrá significado para ti…

El consejero, que estaba acostumbrado a aquellas grandilocuencias malévolas cuando su señor se encontraba en pompa con una docena de personas trasteándole el ano y una buena parte del recto, dió dos palmadas:

– ¡Plas, plas! (© Lucasfilm Sound FX Library)

Y gritó:

– ¡Que trrraigan la bola!

El goblin encargado de traer la bola, que estaba a su lado, quedó impasible, por lo que el consejero volvió a gritar:

– ¡Que trrraigan la bola!

Como el goblin no se movía, el consejero se dirigió a otro de los goblins que allí se encontraban, y le preguntó:

– ¿Porrr qué coño no ssse menea essste puto goblin?

– Mi señor, es de escayola. Recuerde que nuestro señor Brifidón lo convirtió en estatua aquel día que le faltó papel…

Y es que tal era el poder de las deposiciones de Brifidón, el de convertir a las criaturas en estatuas de escayola. De hecho, buena parte de los ingresos de palacio se debían a la venta de estas estatuas a tiendas de manualidades, para que los jubilados y jubiladas del lugar las pintasen de vivos colores. Desgraciadamente, estos pintores aficionados no habían visto un goblin en su vida, y la verdad, una vez aplicaban el colorete en las mejillas sobre el rosa de la piel, buscando un color que combinase con el azul cielo de los ojos, el resultado difería mucho del aspecto que tenía un goblin realmente.

Un segundo grupo de goblins cruzó la puerta portando la bola, que descansaba sobre un pedestal de marmol con un veteado que representaba la caza del ciervo en primavera que era ciertamente precioso. Cuando llegó a la altura del consejero, la bola comenzó a levitar. El consejero puso sus manos a ambos lados de la bola y comenzó su conjuro de visualización:

– ¡Iah! ¡Iah! ¡Apú apú apú! ¡Bola! ¡Chobi toto chobi cuca! ¡Bola! ¡Oh! ¿Eh?

La bola cayó sobre el pedestal inesperadamente. En un momento, volvía a estar en el aire. Brifidón, claramente contrariado, miró al consejero, que se encogió de hombros (o le hizo un corte de manga, con lo deforme que era, es difícil saberlo), y volvió a entonar el conjuro:

– ¡Iah! ¡Iah! ¡Apú apú apú! ¡Bola! ¡Coño, joé!

La bola volvió a caer. El consejero se agachó, abrió una pequeña puerta en un lateral del pedestal y le dijo al goblin de dentro:

– ¡O sssoplasss todo el rrrato o te convierrrto en essscayola!

– Mi señor, es que la bola pesa un huevo – respondió el goblin de dentro, y luego para si, antes de volver a soplar por el tubo que mantenía la bola en el aire – ¿Por qué no la harían de goma?

El consejero cerró la puerta de un golpe y aprovechando que la bola volvía a levantarse en el aire, optó por la fórmula corta del conjuro:

– ¡Bola de los cojonesss, muéssstrrranosss la casssa de Peligo!

En la bola se empezó a formar una imagen, transferida desde los ojos del dragón negro, directamente hacia allí. En una planicie, se podía ver la casa de Peligo, totalmente carbonizada. Unas pequeñas huellas partían hacia el este, posiblemente las que dejó el pequeño hombre-cabra al huir de allí asqueado por el comportamiento del bárbaro.

– Essscapó de lasss llamasss. Posssiblemente no estuviessse en casssa. – dijo el consejero.

– Ha ido hacia el este. – dijo Brifidón – Preparad los husmeadores patilargos ¡Debemos ir en su busca enseguida!

En la bola, de repente, la cabeza del dragón se giró hacia las humeantes ruinas. Algo se movía en su interior.

– ¿Que esss essso? – dijo el consejero, achinando los ojos (o aguantándose un peo apretando el ojete, con ese deforme nunca se sabía) y acercándose a la bola.

De debajo de las maderas, surgió, como una estatua de férreo cobre (bueno, de cobrizo cobre) la figura de un bárbaro desnudo. En un principio parecía que llevase la cabeza de un oso hormiguero en la entrepierna.

Para estupor y complejo de los presentes, no era así.

Giró la cabeza y clavó sus ojos en el dragón, y a través de la bola, en los de todos los ocupantes de la sala. Se giró hacia el y saltando con una mano extendida que presagiaba una ostia como no se veía en lustros, dijo:

– ¡Me cago en tu put…!

La comunicación se cortó cuando el dragón cayó al suelo, inconsciente si no muerto, por la guantá del bárbaro.

– Vaya vaya… – dijo Brifidón – parece que tenemos otro peón en este tablero… Que Mariconismigl vaya con los husmeadores. Quiero el cuerpo de ese bárbaro.

– Mi ssseñorrr – interrumpió el consejero – será la cabeza.

La mirada de Brifidón estaba cargada de intencionalidad.

– Oh… lo sssiento… – masculló el consejero, recordando las raras tendencias de su amo.

A muchas cabalgadas de pegaso de allí, Peligo se despertó. Lo primero que vió le pareció la cabeza de un oso hormiguero. Cuando logró enfocar, vió que estaba equivocado totalmente.

– Pequeño bastardo peludo – dijo el bárbaro. – Ahora me vas a explicar por qué me has enviado a ese dragón, bolita de estiércol.

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5 comentarios en “Thortamon, tierra ignota: Capítulo palito uve (pero sin lagartos).

  1. mapashito

    Me encanta la voz del consejero, es clavada al doblaje sudamericano de Cobra, el malo de GiJoe. Hijo de tapu, cada vez te superas más! Grandes, grandiosos, grandérrimos los conjuros, y la forma de levitación de la bola, más parecida a la mecánica de las cámaras de fotos de Los Picapiedra.
    A partir de ahora cuando vea a un oso hormiguero tendré que poner mis ojos en un vaso de agua en la mesita de día.

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