Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo Se7en

[Modo David Fincher: On]

La habitación estaba sumida en una sucia penumbra. El olor del dogo disfrazado de dálmata sumiso lo impregnaba todo. En las paredes el papel pintado, de fondo color ocre y con adornos que una vez fueron flores color marrón y que ahora parecían las fantasmagóricas caras de los desdichados residentes de aquel inmueble, caía por su peso y por la incapacidad de la cola para mantenerlo pegado al muro, eso donde no estaba simplemente arrancado. Las sábanas estaban cubiertas de mugre y polvo. La tenue luz que entraba por entre las tupidas cortinas iluminaba millones de ácaros y motas de suciedad que se mantenían suspendidas en el aire, formando nubes de podredumbre que se movían danzando de forma malsana.

Paco Martínez Huesca estaba inmóvil, mirando fijamente a Gómez, acariciando levemente al perro. Gómez trataba de no prestar atención al olor a orina y humedad que intentaba abrirse paso desde sus fosas nasales hasta su estómago. Mirando a Paco, exclamó:

[Modo David Fincher: Off]

– ¡Abre la ventana que se oree esto! ¡Maldita sea, desde la mili que no olía algo así!

– Es que me gusta la intimidad – dijo Paco Martínez Huesca, destapándose y dejando al descubierto un cuerpo desnudo, recubierto de pelo, algo fofo por los años y que también tenía varias zonas pellejosas, colganderas.

Ah, y con seis tetas, como todos los perros.

Sin embargo, el viejo forense estaba completamente vestido con un frac impoluto si obviamos el pelo de perro que llevaba adherido. Gómez no salía de su asombro, así que se asombró a la ventana tras abrirla y le hizo gestos a Angelote para que subiera o subiese.

– Bueno bueno bueno… – dijo, girándose para encarar a Gómez – Que tenemos aquí… un viejo en la cama con un perro y vestido de Patriccio Tuchi…

– No, se equivoca, el perro va desnudo.

– Me refería a usted.

– No, se equivoca, es un frac marca Bruce Wayne.

– Da igual. Tengo cientos de preguntas y estoy seguro que usted tiene cientos de respuestas, así que ya puede estar largando si no quiere que me impersone en vietnamita hambriento y su perro pase de ser mascota a ser mascado.

– No tiene nada contra mí, Gómez. No puede amenazarme de esa forma.

– Ya lo estoy haciendo, estúpido viejo. Intento esclarecer un asesinato, y cuando voy a casa de la víctima, que por cierto era un conocido hampón del hampa, como los golfos apandadores, me encuentro en su alcoba al forense que lo abrió en canal yaciendo con su perro. Si que tengo algo contra usted. Maldita sea, tengo una sospecha como el maldito monasterio de El Escorial contra usted.

– No hablaré si no es en presencia de mi abogado.

– Vale. – respondió Gómez, tras una ligera pausa.

– ¿Vale? – dijo Martínez Huesca, al que le parecía sospechoso tal cambio de actitud.

– Sí. Acaba de serle asignado un abogado. – la sonrisa que Gómez esgrimía heló la sangre en las venas del forense – Una abogada. Se llama Marietta. Mire, fíjese, está aquí mismo…

Sacando la tirita con toda la parsimonia que es posible en un acto así, Gómez empezó a canturrear “Black is black” mientras se acercaba a la cara del anciano con la temible tirita en la mano. También contoneaba las caderas, pero más que bailar parecía que tuviese una cucaracha acomodándose para echar una siesta el ojete.

– Black is black…

– … no… no me asusta…

– …ai güona let chu daun…

– … no… NO ME ASUSTA … – gritó el anciano.

– … forgüei llour güey…

– … no…no..*snif*…

– … bicos ai met llu daun ou yea…

– ¡NO! ¡POR FAVOR!

– … güat can ai duuu….

– ¡Hablaré! ¡Hablaré!

– Así me gusta, un chico listo. – dijo Gómez, manteiendo todavía la tirita a escasos centímetros del sudoroso forense, y guardándosela, susurró – otra vez será, Marietta.

La puerta de la habitación se abrió de improviso y Angelote irrumpió en la misma, portando su arma reglamentaria en una mano y un melón en la otra. Cuando notó que las miradas de Gómez, del forense e incluso del dálmata que era un dogo iban del melón a su cara y de su cara al melón, con expresiones de incredulidad (sobre todo el perro), sintió la necesidad de excusarse:

– Es que están baratos y me lo ha calao a probar y todo.

– Angelote, llama a central con la mano que te queda libre y pide que envíen un furgón. Nos vamos a llevar esta escoria de aquí.

– Hombre – respondió Angelote – los muebles están sucios, pero digo yo que todavía podíamos venderlos en ibey…

– Me refiero al perro y al viejo zoofílico, Angelote…

– Aaaahhh… vale, ahora mismo llamo.

Un punto rojo se paseó por el craneo del forense.

– ¡Quédese quieto, no se mueva! – gritó Gómez.

– ¿Qué pasa? – dijo el forense, sobresaltado, y notando que las miradas de los dos policías se dirigían a su calva, preguntó – ¿Tengo algo en la cabeza?

– Sí – respondió Gómez – Tiene una cochinilla colorada que no para de moverse. Espere que busco una revista o algo y se la mato…

La bala atravesó la ventana y se hospedó cómodamente en el interior de la cabeza de Paco Martínez Huesca. El disparo resonó en todo el barrio, asustando a las palomas y provocando que un borracho que estaba asobinao en un escalón se levantase y empezase a correr al grito de “¡Ya es San Fermín!”

Más tarde, en comisaría, Angelote y Gómez estaban sentados en la sala de interrogatorios. Por su aspecto parecía que habían estado rodando un spot de detergente en la tomatina de Buñol y se habían marchado antes que llegase el hombre blanco del colon. Llevaban setenta y cuatro paquetes de pañuelos de celulosa de esos que vienen muy dobladitos que cuando estornudas y te cuelgan las velas no hay manera de desplegarlos y al final las velas se caen al suelo o a sitios peores, y todavía no habían logrado limpiarse la cara como dios manda. Trocitos del casco (o misla) del forense se cobijaban en sus bolsillos, fosas nasales, pabellones auditivos, gafas, calconcillos, en fin, que nunca mejor dicho, estaban del forense hasta los cojones. El comisario abrió la puerta, y se sentó en una de las sillas que todavía no estaba salpicada de sangre.

– A ver si lo he entendido – comenzó. – Fuisteis a la casa de Bill el Mazas, y engatusasteis a la recepcionista para que os diese la llave de la habitación, ¿voy bien?

– Correcto – dijeron a coro Gómez y Angelote.

– Entonces, cuando entrasteis a la habitación, encontrasteis a Paco Martínez Huesca, reputado médico forense, en la cama con un dálmata sumiso que en realidad era un dogo salpicado de tinta ¿Sí?

– Correcto – dijeron a coro Gómez y Angelote.

– Y por arte de birlibirloque, el pobre Paco Martínez Huesca recibe un disparo de un arma de gran calibre a través de la ventana del apartamento. ¿Voy bien?

– Correcto – dijeron a coro Gómez y Angelote.

– Y entonces, ahora ya adivinando el porvenir, tenemos que el ministro de vivienda tendrá que ir hoy al cementerio ¿Correcto?

– ¿Ein? – dijeron a coro Gómez y Angelote.

– Sí. No se si lo sabeis, pero Paco Martínez Huesca era hermano de Miguel Martínez Huesca, ministro de la vivienda.

– ¡Maldita sea! – respondió Gómez – ¡Este caso cada vez me gusta más!

– Pues esto te va a encantar entonces, Gómez – respondió el comisario. – Estais formalmente en la lista de sospechosos, así que tengo que pediros que me entregueis las placas y las armas.

– ¿Estamos suspendidos? – inquirió Angelote.

– Sólo temporalmente, hasta que todo se aclare.Y hablando de aclarados, más os valdría daros una ducha. Ahora venga, poned en la bandeja las placas y todas las armas que lleveis.

Angelote, con gesto compungido, colocó su placa y su arma reglamentaria en la bandeja. Gómez colocó también su placa y su arma reglamentaria, así como un arma auxiliar, un revolver de reserva, una pistolita de estas que pegan dos tiros nada mas, y una porra que ni Angelote ni el comisario le habían visto llevar nunca, y que no sabían de donde había salido. Cuando el comisario cogió la bandeja, notó que algo olía mal en todo aquello.

– Amigos, creo que todo esto ha sido una maniobra para inculparos, pero yo tengo que cumplir con mi deber.

Gómez, poniéndose las gafas de sol, le respondió.

– No ha nacido todavía el hombre que sea capaz de minar mi reputación o mi amor por el cuerpo y al final del día conserve intactas sus pelotas, comisario. Voy a llegar al fondo de este asunto y voy a remover todos los inmundos posos que encuentre, porque sepa una cosa señor comisario: – hizo una pausa para tomar aire – A mi no se me tocan los cojones así como así.

– Que duro eres, Gómez.

– Me lo dicen mucho, sí.

CHA-CHAAAAN del capítulo se7en.

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3 comentarios en “Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo Se7en

  1. Gracias compadre. Preciosa ola ¿Que tal?

    Me estan quedando demasiado serios estos capítulos, pero coño, es que si no, no hay forma de contar la historia.

    Cosa que, por otra parte, es completamente accesoria al cachondeo XD

  2. mapashito

    Azis me grustar. Dijeron a coro Mapashito y el Niño Monguer. Todavía falta el capítulo en que aparezcan Leslie Nilsen y Torrente buscando una piruleta roja con forma de corazón, jeje. Very handsome John! Por cierto se me ha antojao una tajaíta de melón!!

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