Cuento indeleble: Roscos in the rubbish dump

[Nota: Este cuento indeleble posiblemente no os haga ni puta gracia, pero creo que deberíais leerlo, no sé, igual os sentais al inodoro con más consideración a partir de hoy.]

Llevaba días allí.

Quizás meses.

Desde la cima de aquella montaña de basura, podía ver el vertedero a sus pies.

Bueno, no tenía pies, tenía cuatro chirimbolos de plástico justo debajo.

Era un rosco de váter, y estaba tremendamente orgulloso de serlo. Había sido testigo de lo mejor y de lo peor que es capaz la naturaleza humana. Su carácter maleable y cálido (no en vano era un rosco de plástico) le había hecho ser apreciado inconscientemente por todo aquel que posaba sus posaderas (lo raro sería que en el rosco del váter se posen, yo que sé, los hombros, aunque también se dió la situación una noche de borrachera) sobre él.

Miró con los ojos de rosco de indoro (que nosotros no lo veamos, no significa que no los tengan) a su alrededor, y descubrió con sorpresa que a su lado yacía otro rosco de váter, reluciente, brillante.

Sin duda era un refinado y caro rosco de porcelana. Lo observó un momento y al poco se atrevió a dirigirse a él:

– ¡Hola! – dijo el rosco (Sí, ya sé que es difícil imaginar a un rosco hablando. Pero bueno, si de pequeños creísteis que un erizo gigante rosa podía hablar ¿Por qué no un rosco?)

El rosco de porcelana se hizo el sueco.

– Vaya – se dijo el rosco de plástico – debe ser de Ikae.

– No – se apresuró a responder el rosco porcelanoso – soy de fabricación francesa, ignorante. ¿No ves como brilla mi contorno bajo este sol que más calienta?

– Si, si, ya veo que brilla…

– Por supuesto que brilla, pequeño rosco barato. Y no sólo eso. Sino que aun bajo este sol soy tan frio como un témpano, para alejarme con mi gélida indiferencia de la cálida mediocridad.

– Pues fíjate, que yo al ser de plástico, me caliento con nada. Recuerdo que mis dueños a veces referían mi confortabilidad.

– Pfffffff – el rosco de porcelana reía (bueno, es difícil imaginar a un rosco riendo, pero si sois capaces de imaginarlo hablando, tampoco creo que os suponga un trauma) – confortabilidad… eso es para barriobajeros… donde esté una dignidad incómoda…

El rosco de plástico quedó en silencio, reflexionando. Luego, tras mirar a su compañero, inquirió:

– ¿Dónde está tu tapa?

– Ah, esa desgraciada. Estará por ahí, con su amiga la taza. Y me alegro, siempre estaban discutiendo y claro, como a mi me pillaban en medio, me ponían las bisagras locas.

– Fíjate, rosco, que yo… ¿puedo llamarte rosco?

– Si, bueno, señor Rosco para tí. Y no me tutee, por favor.

– Bien, señor Rosco. Le digo que se fije en que yo, que soy un pobre rosco plasticoso de un “Todo 1 Ecus”, veía mi relación de otra manera. Entendía que la taza era una pobre víctima de su propia naturaleza, ya que estaba constantemente expuesta a tragarse toda la inmundicia que los humanos son capaces de generar, e incluso tragaba a veces a humanos a medio generar envueltos en una funda de latex, fíjese, sin poder hacer nada por evitarlo.

– Una tragona, una gorda sin fondo, esa era mi taza.

– Sin embargo, la tapadera, estaba siempre ahí, queriendo quedar por encima. Se sentía superior a mi, ya que cuando un humano se sentaba sobre ella normalmente llevaba ropa puesta, y no tenía que aguantar las posaderas directamente ¿Usted me comprende?

– Si, claro, claro, que bonito todo… Mi tapadera es una desgraciada y ojalá se rompa en mil pedazos allá donde esté.

– ¿Y ese rencor? – dijo el rosco de plástico.

– Hombre, ¿que tiene de especial una tapadera? Es una tosca plancha cuyo único fin en la vida era eclipsar mi existencia y negarle el alimento a la taza. ¿Te parece que es digna de lástima? Anda y que se pudra…

– Bueno, a mi me dió pena. Una vez desmantelaron el váter, sin mi apoyo, la tapadera se quedó como huérfana, como si le faltara una mitad. Y perdóneme, pero yo me siento igual.

– A tí lo que te pasa es que eres un rosco sin clase. – respondió altivamente el rosco de porcelana – Eso es, sin clase ni sofisticación.

De repente, el sol se oscureció sobre ellos.

– ¿Qué es eso? – preguntó el rosco de porcelana, asustado.

– No sé, pero parece que se acerca algo grande.

Una excavadora pasó muy cerca de los roscos, tanto, que una rueda les pasó por encima.

– ¿Señor Rosco? ¿Señor Rosco? – preguntaba el rosco de plástico, un poco deformado.

– Aagghhh… – gimió el rosco de porcelana, roto en mil pedazos.

– ¿Ves que te decía, rosco altivo, rosco altanero? Al final es mejor ser humilde y maleable que pétreo de mente y condición, porque así si te pisan, te pueden deformar, pero no destruirte.

– Aagghhh… – volvió a gemir el rosco de porcelana. – Hijoputttt….

El rosco de porcelana calló para siempre, mientras el rosco de plástico, pensativo, volvió a contemplar el vertedero.

El sol se estaba poniendo.

– Sigh… – suspiró – La verdad que un vertedero puede ser bonito de cojones, joder.

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3 comentarios en “Cuento indeleble: Roscos in the rubbish dump

  1. mapashito

    Ya sabéis queridos niños lectores de esta bella historia con letras y palabras, que no importa si eres de ROCA o de plástico, lo importante es acertar en La Primitiva y vivir podrío de dinero y sin trabajar.
    Vivan los dentrodeoros, es decir, los inodoros!

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