Cuento indeleble: El último deseo (llamado tranvía)

Llevaba ya más de varios millares de grupos de cuatro palitos cruzados por un quinto palito encerrado en aquella habitación. Justo esa misma cantidad de palitos hacía que Marilyn Moroe, con la pompa en pompa y las manos grácilmente apolladas (sí, con ‘elle’, ¿pasa algo?) en sus sonrosadas (que no joder, que son color cannnne) rodillas, le miraba sin descanso. No paraba de mirar a Petonio. Le observaba desde la salida a la puesta del palito. Era una mirada fija, penetrante (es decir, que entraba por el pene), y sobre todo plana. Lo miraba cuando dormía, lo miraba cuando cagaba, lo miraba cuando pensaba, lo miraba cuando comía. Era tal la fijación, que Petonio llegó a pensar que aquel poster de Marilyn cobraba vida. Tal obsesión, unida al largo tiempo sin tomar dos cafés solos, le obligó a sacarse el único dedo que tenía con pelo alrededor y ultrajar a aquel poster amarilleado por el paso de ceras de colores Carioca sobre su superficie.

La visión que alguien hubiese tenido si hubiera visto aquella sucia habitación desde una mirilla colocada en el centro del techo, hubiera sido muy diferente de haberlo hecho por la mirilla de la puerta. Petonio yacía en el suelo sobre un pedazo del poster arrugado con una mano en el cucón y con el dedo gordo de la otra en la boca, mientras diminutos trozos de papel de poster revoloteaban por la habitación.

Se tiró tres palitos más allí tumbado. Al despertar, puso la mano sobre el trozo de poster para apoyarse en el suelo y levantarse. El papel se le quedó pegado y descubrió algo que en varios millares de grupos de cuatro palitos cruzados por un quinto palito nunca se percató de limón: en el envés de aquel poster había un calendario de 1998 a todo color. Se maldijo a sí mismo y gritó para adentro, tanto que hasta su hígado se tapó los oídos para no escuchar aquel estruendo. Todo aquel sistema de cuatro palitos cruzados por un quinto palito dejó de tener fundamento. Llevaba años en aquella celda rayando la pared con palitos, creando una decoración mas propia de IKEA HOMELESS, pudiendo haber empleado el tiempo en idear una forma de escapar de la cárcel. Es más, en su muñeca llevaba un reloj calculadora-mando a distancia marca CAZIO (pues era de pueblo) y nunca se dio cuenta.

-¡Petonio!- espetó de sardinas el carcelero, que mientras encendía bien la candela se hacía con esmero un arroz con habichuelas. -Te quedan sólamente unos días para tu ejecución, vete pensando tu última voluntad, jajajajaa – se reía de Janeiro el cuidador de reos, reas y correas.

Sólo quedaban horas para su destino final y Petonio dormía tranquilo, tanto que los ronquidos sonaban como el Run to the Hills de Iron Maiden tocado por una banda de cornetas y tambores mancos a la vera del río Guadalmedina. No podía dejar de pensar en cómo escapar ates de allí.

-¡Petonio!- dijo pródigo el funcionario de prisiones (que funcionaba a base de prisiones de goma).
-Mañana será tu ejecución. Tienes dos minutos para contarme tu último deseeeeeo- vocalizaba el carcelero al igual que el separador de Celeeebrities, !ahí va, que chorrazo! de Muchachada Nui.
-Muy fácil señor carcelero- comenzaba Petonio, -estas son mis condiciones: quiero cagar por última vez en un impoluto, qué digo impoluto, excelso, inmaculado y blanquecino váter, pero que no sea de béisbor, ¡eh!. Y además quiero una cera blanca como la sangre blanca de esa del Carrasquilla pa pintarse la cara pa los disfraces y de dimensiones al estilo falange, ¡¡asín de grande!!- y levantando su brazo derecho con la palma hacia abajo gesticuló al más puro estilo del desagradibilísimo Tito Paco.

El gran día llegó. Gran día para el alcaide de la prisión del estado de Alhaurín del Colorado Este Cuento Se Ha Acabado, y gran día para Petonio, pues la iba a armar bien gorda. Petonio llevaba días aguantándose las ganas de sacar el tren del túnel y tenía la barriga tan gorda lisa y dura que parecía un melocotón turgente, a no ser por el color, pues no se la lavaba desde hacía tres cientos de grupos de cuatro palitos cruzados por un quinto palito.

En otra sala más limpia que la de Petonio, a no ser por el pulpo cabezón y morado que había pegado en el testero derecho, resplandecía un inodoro que no era doro ni era ná, blanco como su puta madre, que también era blanca. Sobre su taza reposaba una cera carioca también de color blanco maculado, pues ya no era virgen, y de ciertas dimensiones fachosas. Petonio, caminaba a paso firme, escoltado por dos policías nacionales con tricornio. Llegaron a la sala, donde el pulpo les esperaba contándose las patas. Allí presentes, el alcaide y otras autoridades púvicas con pelos de chocho aguardaban la venida del reo.

El alcaide en acto solemne comenzo su retahíla de palabras y letras: -Por la presente, se hace saber al condenado número 1.317,89 centavos y me llevo una, que dispone de los utensilios necesarios para llevar a cabo su último deseo, el cual podrá disfrutar en compañía de todos nosotros o por el contrario hacerlo en solitaria forma sin que nadie ni nada, salvo este pulpo morado, pueda verlo. Y bien Petonio, ¿cómo desea cumplir su última voluntaddd, con tres des o con una?-.

Petonio contestó:

-¿Puedo pedir el comodín de la mamada?

-Lo siento hijo -replicó el alcaide-, la prostituta de guardia está de baja por felación.

-Bueno pues que sea con una ‘d’ y a solas, por favor-. Respondió Petonio.

Todos los presentes, menos el pulpo, Petonio y el inodoro, salieron de la sala en fila árabe. Lo primero que Petonio hizo fue quitarse la ropa y echar troncos al aserradero de una forma ametralladoramente rápida, tanto que casi colapsa el fondo del agua-encerrado (Water Closed para nuestro amigos británicos). Aquellos trozos marrones de él mismo se unieron formando la figura de la Torre Eiffel. Tras aquella magna y efímera obra comenzo a pintarse el cuerpo de blanco con la cera blanca del Carrasquilla, no sin antes darle un besito de buenas noches al pulpo para coger confianzas. Cera para arriba, cera para abajo. Acabó tan blanco que si lo pusieses al lado de un vaso de leche, te beberías antes a Petonio que a la leche. -Un camuflaje perfecto- le dijo el pulpo utilizando el pulpés.*

Mientras, fuera de la sala, las autoridades esperaban en fila budista, cada uno con un artilugio de hacer pupa en sus manos, para darle certera muerte a Petonio, tal y como manda el versículo primero párrafo tercero del epígrafe Ejecuciones sin Rima de los estatutos de la prisión de Alhaurín del Colorado Como La Manteca.

Petonio, sin perder tiempo, cogió su ropa y se la puso al pulpo. Acto seguido, se enroscó en la blanca cisterna del maculado inodoro, que ya aparte de no ser virgen, tenía una obra de arquitectura fecal en su seno y en su coseno. Cogió tal mimetismo con rima (esta vez sí: agárrame el cipote!) con la cisterna del inodoro que podría pasar por el modelo Góndola de Roca sin ser descubierto.

Tras 3 horas y tres palitos de espera, el alcaide y sus invitados abrieron la puerta. Todo el que pasaba dentro se quedaba asombrado, boquiabierto. ¡Petonio se había convertido en un pulpo y había dejado una obra de arte, aunque fecal, pero de arte! (es decir “Cag-arte”) pensaban inocentemente.

-Guardias, apresen a Pulponio y llévense este váter lleno de mierda de la cárcel, que para arte ya tengo las lamparitas de tifannys que hace mi señora- gritó el alcaide, -mientras podremos ejecutar a este reo que por casualidades de la vida tiene ahora ocho patas-. El pulpo, mal llamado desde entonces Pulponio, murió a manos de aquellos que tenían aritilugios de hacer pupa pupita.

Petonio se había librado de morir en aquella prisión. Estaba blanco pero feliz enrosacado en aquel váter. Los guardias tiraron el W.C. en una escombrera a 100 metros de la cárcel. Por fin era libre, aunque después de aquel episodio tuviera que ganarse la vida haciendo de mimo en la calle Larios, pues la pintura blanca nunca se le borró.

*Pulpés: lenguaje que utilizan los pulpos para comunicarse entre ellos. Formado por tres vocales: la Ñ, la CH y la W.

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