Cuento indeleble: Suelo caca

-¿Que pasaría si ahora dejo de respirar? A ver, cojo aire aaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh. Finflo flos flofletes. Afuanto la fresifirafión. Jkuuuuu kuuuuuuuju cof coof cof cof.-

Pedro Gadicto empezó a toser como un condenado, pues toser sin denado todavía no sabía hacerlo. Quería quitarse la vida, lo poco que le quedaba, ya que era un toxicómano perroflauta con más suciedad que el rabo de un oso. Llevaba así tres horas, tirado en la calle. Antes su vida no era así, moraba en una gran morada de color junto a un perro cantaor, y junto a su criada, una pornochacha de 93 años.

Tres horas y cinco minutos antes, iba caminado encima de una alfombrilla de cuarto de baño, que iba recogiendo y tirando al suelo su criada Petri, que estaba churretosa por la edad pero se podía mover bien. Pedro Gadicto era el hombre más pulcro que había sobre la faz de la tierra. Era tan pulcro que hasta las pelotillas de su ombligo olían a jabón marsella y también a jabón estesona (el cual dista a 30 kilometros de sí mismo). Incluso, inclusive e inclusivamente lavaba a su lavadora. ¡Qué tío más limpio!

Desde que nació, nunca había tocado el suelo. Es más el suelo le parecía una vulgaridad. Tanto que cuando cumplió la mayoría de edad se cortó las patillas y tuvo que andar con los huevecillos. Su madre siempre le andaba diciendo:¡Pedro, suelo caca! ¡Suelo caaca!. Por eso nunca quiso pisarlo. Pero lo que nunca supo fue que su madre era gangosa del labio de enmedio y lo que quería decir era: ¡Suelo canipo tresnunfes!, que en húngaro quiere decir: “Soy gangosa hijo, pásame la sal”.

Pobrecillo, se había tropezado con la criada y con la alfombra, que no era de Aladino, sino que le cantaba el ala. Había tocado el suelo por primera vez en sus 33 años, como la edad de Jesús (gracias!). Le pareció una cosa tan ordinaria que hasta soltó una carcajada con ajito y perejil. Pero el daño ya estaba hecho. Era el fin de su aseo personal. Y a la próxima sería la quinta personal y lo expulsarían del partido contra la limpieza. Empezó a notar como la mugre subía por sus tobillos, hasta cubrirlo entero.

Estaba asqueroso, peor que un coche por debajo. Se había convertido en un magamundo con m esdrújula en la h intercalada. Todo lo contrario a lo que era. Intentó dejar de respirar para quitarse la vida pero no pudo, porque un EGR (Elefante Gayer Rosa) de 700 kilos le pasó por encima justo antes de que pudiera aguantar la respiración.

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