Cuento Indeleble: Agente 0P7. Licencia para rapar

Era una furgoneta de color negro. Bueno, digamos, que negro no era su color. Era blanca, más blanca que la leche de una osa y un oso polar juntos. Esta pequeña diferencia cromática me suele suceder de vez en cuando, sobre todo cuando mis ojos se esconden bajo los pellejos esos que tenemos con pelos en sus extremos. Intento ver las cosas con los ojos cerrados y ¡claro!, lo veo todo negro. Y de ahí que confunda los colores.

El vehículo en sí no decía nada. Y no es porque los vehículos a motor no hablen, que no lo hacen, pues yo todavía no he oído hacerlo a ninguno. Como mucho un hihihihi brrrruuum, bruuuuuuuuuuuum, bruuuuuuuuuuuuuum, al encenderse el motor. Es como un buenos días pero dicho por un artefacto inanimado. Y no están inanimados siempre, sólo los días impares. Se animan también cuando les pisas el acelerador. ¿Y que es un acelerador? Pues es un hombre o mujer o robot que se dedica en su labor profesional a hacer o fabricar leras, como su propio nombre indica, pacifica y atlantica.


Pues una de esas furgonetas, que tener, no tienen tetas, pero podrían, iba conducida por una persona a la que se le veía el cartón. Y se le veía estupendamente, pues toda su cabeza era cartón. Es más, lo mirabas, y parecía que su cabellera, sus miles y miles de pelos y follaculos, esteeee, perdón, folículos pilosos (es que se me lengua la traba), se había ido a comprar los regalos de navidad al carrocuatro, o como le dicen en tierras anglosajonas, al Carrefour. Calvo completamente. Hasta Homer Simpson tenía más pelo que él. Ese hombre tardaba más en lavarse la cara que en resolver el cubo de Rubik, pues la cara no le acababa en la frente, sino que le llegaba hasta la a de atrás de la nuca.

Ese tipo de cima acartonada llevaba puesto un mono malva, era un chimpancé teñido de añil y abrazado por la parte delantera del cuerpo. Tenía las piernas metidas en la entrepierna del cartoniano, para ocultar así sus partes peludas, y sus extremidades delanteras las asía en los pelillos de los pliegues sobacales del hombre en cuestión. Es lo que se dice un mono de trabajo. Y daba trabajo el macaco, pues había que darle de comer cada 3 horas. Algo incómodo, pero abrigaba en invierno. En verano llevaba puesto un bañador de flores por si le daba por refrescarse en la playa. En invierno no llevaba ropa, pues los micos no llevan ropa. Era algo así como Espinete, que siempre iba desnudo pero para bañarse se enfundaba un traje de baño.

La furgoneta, conducida por este calvo con simio adosado, llevaba tres o cuatro minutos metiéndole el morro a la parte posterior del coche que le precedía. Casi lo rozaba. Tenía prisa el hombre acartonado. Hacía eses intentando intimidarlo, pero el hombre topo que conducía el automóvil que iba delante le hizo unas cuantas efes y un número cuatro y por fin se despegó de su trasero. Se echó al carril derecho y enseguida lo adelantó. Y fue entonces cuando el hombre topo descubrió la razón de su prisa. En la parte posterior de la furgoneta se podía leer con letras bien grandes: Pelucas Paco’s. Cabellos a domicilio. Y ya en letra más pequeña, junto al número de teléfono: Llámenos y nunca volverá a pasar frío.

Se saltaba semáforos en rojo, cogía carrerilla y con una jabalina los sobrepasaba sin esfuerzo. Hacía pirulas y también pirulos tropicales. Conducía en dirección contraria si el itinerario lo requería. Era un peligro al volante, pero también un puntual repartidor que llegaba a su destino en menos que canta un gallo, pero no el de las pastas si no el que tiene plumas y no es gay.

Era el Agente Secleto Cero Pelos Siete (AS 0P7), era chino, originario del país con más rima del mundo, aunque su madre era española, por eso a veces la ‘R’ la pronunciaba bien y otras veces la pronunciaba como una ‘L’. Tenía licencia de apertura de establecimientos de hostelería y peluquería, y estaba fuertemente armado con un cortapelos inalámbrico y con unas tijeras del 15 oxidadas por la parte que hace pupa. Su misión no era otra que ser un rapador mercenario contratado por horas y de momento estaba al servicio de la mafia peluquera, y no los de hacer pipí y popó (¡ay qué recuerdos el Oso Popó!) se entiende. Trabajaba para la mayor comercializadora de pelucas al oeste de la ciudad de Gálama: Pelucas Paco’s ©. Era una bestia, un sanguinario, un cruel y perverso ser, un malvado (pues aparte de tener mala leche, iba vestido con un mono lila). Su obsesión era completar las misiones que se le encomendaban en el menor tiempo posible. Le daba igual el medio utilizado. El fin era lo que importaba. Repartía tarjetas de visita a los melenudos que iban a ser su objetvo al igual que el personaje del Paper Boy. Sólo que en vez de utilizar una bicicleta y repartir periódicos, usaba una furgoneta y se quedaba con los pelos de otro, pues una vez rapados barría el suelo y se llevaba el pelo cortado en una bolsa del Pryca para fabricar con dicha materia nuevas pelucas que vender a los ex melenas. El negocio perfecto. Un ciclo difícil de romper. Para imaginar como conducía, sólo había que pensar en un dato: el carné de conducir le tocó en una de la estampitas de los Phoskitos.

El Modus Operandi, que aparte de ser un fabuloso nombre para un grupo musical que me acabo de inventar, era el siguiente:

0P7 llegaba como cada mañana, a las 17.30 de la tarde, a la tienda de Pelucas Paco’s por la puerta de atrás sin la A ni ná. Cogía la llave que estaba escondida debajo del felpudo con forma de puerta blindada, bajaba las escaleras hacia el sótano y abría la segunda puerta a la derecha, la que tenía forma de felpudo, de un armario empotrado a la izquierda. Nada más abrirse la puerta, salía de dentro un enano trilero vestido de bombero torero con una mesa con tapete y le escondía una bolita en uno de los tres cubiletes tapizados con piel de leopardo y decorados con la cara en bronce de Juan Tamariz que estaban encima de la mesa. Mientras mezclaba los cubiletes le decía a 0P7:

-¡A ver, calvo nipón!, ¿donde está la bolita, matarile, rile, rile?

– No soy japonés, diminuto embaucador, soy un Agente Secleto con l intercalada, por lo que deberías haber deducido que no soy nipón sino chino, matarile, rile, rón!

-¡Pues agárrame el pepino y también parte de un cojón!, le decía el enano trilero. Acto seguido 0P7 haciéndole caso le agarraba la pigmea pelona al pequeño hombre de pequeña cuca, lo que provocaba que el enano abriera la boca, sacara la lengua y posada sobre ésta mostrara una llave de metro y medio de largo de pesado plomo. 0P7 la cogía y se marchaba a la planta baja de la tienda, no sin antes despedirse del diminuto ser con una tierna colleja que lo lanzaba a él, a la mesa, a la bolita y a los tres cubiletes tapizados con piel de leopardo y decorados con la cara en bronce de Juan Tamariz hasta el fondo del armario empotrado.

Tras esto pegaba seis veces y media en la puerta del despacho de Paco’s, el peluquero más mafioso al oeste de la ciudad de Gálama © , usando la contraseña establecida:

Paco’s, el peluquero más mafioso al oeste de la ciudad de Gálama © , le apuntaba con el cañón de su revólver del 39, el cual tenía fiebre, diciéndole:

-Como seas un puto calvo y encima no lleves ninguna peluca de mi establecimiento le digo a la bala que hay aquí dentro que salga corriendo a la velocidad de la lut (Light Under Technology) para que te haga un agujero tal que pueda tirar la feísima puerta de mi despacho y usarte a tí como puerta con mirilla.

-Tranquilo jefe, aunque calvo soy el Agente Secreto Celo Pelos Siete- y mientras le decía esto se abría la bragueta y le enseñaba la pelambrera de su entrepierna. -No tengo ningún pelo en la azotea. Pero alrededor de mi pelona tengo una mata peluda equivalente a siete pelucas XXL de su fábrica, señor, sí señor. Es por eso por lo que mi nombre en clave es Cero Pelos Siete, y tengo licencia para rapar y tres licencias más de hostelería, que es que de esto sólo no puede pagar uno la hipoteca y hay que buscar financiación extra-

Una vez terminada esta explicación recibía siempre de Paco’s, el peluquero más mafioso al oeste de la ciudad de Gálama © *, un sobre con las direcciones y fotos de los melenudos a rasurar. Con el sobre y la llave de plomo volvía a la furgoneta para repartirles a los peludos objetivos, antes de la visita final, tarjetas de visita en las que podía leerse: “El momento más alopécico de su vida va a comenzar. Si no vió a su vecino las barbas pelar, nosotros le vamos a remojar. Su cuero cabelludo se convertirá en una bola de brillar (y si queremos hasta puede que en una de billar). Cuando deje de pensar en el concepto de peine, Pelucas Paco’s le ofrecerá una amplia selección de pelucas que no podrá rechazar a un módico precio. Gastos de extorsión no incluidos. Un dos tres por mí, por todos mis compañeros y por mí primero”.

Tras meterse con la furgoneta en dirección contraria por tres calles seguidas, haber recorrido los callejones del rastrillo de los domingos y haber comprado un cucurucho de castañas asadas en el puestecillo de la esquina, llegó a la casa de un jevilón con más melena que un Afgano gigante. Tenía tanto pelo que la coleta podía darle la vuelta pasando por la entrepierna hasta llegar de nuevo a la cabeza. Era como una especie de pelo continuo que usaba para secarse el culo asiendo el pelo atrás y delante cuando se le acababan las toallas de baño.

0P7, que a pesar de ser un malvado mercenario tenía buenos modales, le dejó al mono malva que llevaba colgado en su torso que pegara al timbre de la casa, más que nada porque entre la llave de plomo y los útiles de rapar a nuestro agente secleto no le quedaban más manos para llamar a la puerta, que aunque por más que se llamen, las puertas nunca contestan. El jevilón al abrir la puerta, quedó horrorizado de la sombra que el sol proyectaba en el felpudo de su casa del bulto paquetal del acartonado agente. Antes de que las gotas de sudor de la cara del amigo del metal todavía no llegaran a tocar el suelo, éste ya había aprovechado para escaparse por el lavadero hacia una colina cercana tarareando el Run to the Hills de los Maiden con el ruido de sus pisadas.

Al simio malva, que aunque mono era sabio, sólo le bastó un silbido ultrasónico producido por el colmillo izquierdo del calvo en conjunción con su labio inferior, para ir corriendo como mono que persigue un plátano ganador de los 100 metros rugosos a apresar al jevilón. Un silbido ultrasónico que vino también acompañado de una colleja a mano abierta.

El mono, que aunque sabio estaba más nervioso y excitado que un maricón en una subasta de pollas, no tardó en traer arrastrado del pelo al peludo metalero a los pies de 0P7. El agente secleto le pidió con buenos modales, pero con cara de un doberman tras perder en una partida de póquer, la tarjeta de visita que recibió en el buzón, pues sólo le quedaba esa y tenía que hace fotocopias. A cambio de recibirla, le daba dos opciones:

1. O colgarle la llave de plomo de metro y medio del cucón y cuando la gravedad hiciera su efecto cortársela con las tijeras oxidadas, pintar la parte seccionada de amarilla con motitas negras y ofrecérsela, una vez seca la pintura, como plátano al mono malva; con lo que se volvería más gayer que el cantante de Slayer.

2. O raparle la cabeza para dejarle el cartón al aire. En este caso tenía varias opciones de corte:

a) Calvo completo, modelo “se te ven las ideas y alguna que otra”.

b) Semicalvo, modelo “a Dios pongo por testigo que en ciertas partes de mi cabeza hubo un tiempo en que no pasaba frío en invierno”.

c) Torta Ramos, modelo “fraile agustino con rima pepinal”.

d) Volcán, modelo “erupción del cartón entre el cuero cabelludo”. Sólo quedan pelos encima de las orejas y encima de la nuca. Se admite como variación el modelo “Iñaki Anasagasti”, al dejarse un lado del pelo lo suficientemente largo como para crear un puente cabelludo que llegue hasta la otra oreja y tape la pista de aterrizaje de moscas.

El melenudo eligió la opción 2B con patatas y bebida grandes y con salsa brava. Cerró los ojos para no ver el asesinato capilar. 0P7 comenzó a trasquilar con su maquinilla, la maquinilla, que lo intentaba, se quedaba atascada.El pelo, que ahora era de colorines chillones, gritaban como sus muertos, se quedaba como una plasta alrededor del cortapelos.

-¡Dios mío!- exclamó el mono para sus adentros, lo cual para sus afueras sonó tal que así: uhuhuhu ahaha uh auhauha aha. El jevilón no era tal, sino un muñeco de Play-Doo al que si le aprietan el culo, le salen como espaguetis de plastilina Morgan por la cabeza.

0P7 se enfadó tanto que su grito sonó hasta dentro de la olla de callos que preparaba el cocinero de la casa del vecino de Julio Iglesias en Miami. Elevó la pierna hacia atrás y de un puntapié mandó al mono al capítulo 8 de Nunca es tarde si se llega antes.

Con suma destreza y con resta también, se fabricó con la plastilina Morgan un tanga con forma de elefante con la trompa hacia arriba y se juró que nunca más volvería a comer pimientos fritos, que luego se le repetían.

Cero Pelos Siete todavía sigue buscando al jevilón de pelo largo en sus ratos ociosos. En cambio, el jevilón se camufló con su propio pelo formando una bola rodante de textura semejante a los matojos que, empujados por el viento, recorren las calles de las ciudades de los Western, con lo que se pasó el resto de su vida buscando trabajo de atrezzo en el desierto de Tabernas, Almería.

* Nota del autor: siento repetir esta frase cada vez que escribo Paco’s, el peluquero más mafioso al oeste de la ciudad de Gálama ©, pero es que tanto el nombre como la coletilla están protegidas con copyright, y si no repito dicha coletilla vendrá 0P7 y me rapará la tapa de los sesos.

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3 comentarios en “Cuento Indeleble: Agente 0P7. Licencia para rapar

  1. Buenísimo mapashe, que arte más grande tienes caprino grande (por no decirte cabrón).

    Ha habido dos o tres cosas que me han matao, que pechá de reir.

    Por cierto, no te he escrito antes porque el otro día se me cayeron los dedos ortopédicos en la comida del gato y hasta que no ha hecho de vientre…

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