Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo nueve.

Gómez y Angelote llevaban un rato dando vueltas en el descapotable. Abstraidos en sus pensamientos y reflexiones, no reparaban demasiado en lo que les rodeaba. Parecía que no se moviesen del sitio, sus ánimos estaban tan mermados que tenían la sensación de ver una y otra vez a la misma gente.

Entonces sonó la sirena, y se bajaron del tiovivo.

– ¡Otra vez! ¡Otra vez!

– No Angelote, llevamos tres horas dando vueltas en ese maldito cacharro, creo que podríamos gastar el dinero de nuestro despido en algún otro lugar más acorde a nuestra condición de rudos policías.

– ¿Dónde, en un puticlub?

– No, nada más lejos

– ¿Entonces, en un bar depresivo lleno de humo?

– No, nada de eso ¡Me refería a que hay un coche de choque vacío allí!

– ¡Corramos! – dijo Angelote, mientras salió como alma que lleva el diablo hacia la atracción de feria, cuando de repente se puso a llover a cántaros.

– ¡Angelote, vuelve! ¡Que te vas a resfriar! – gritaba Gómez, resistiendo una segunda embestida de los líquidos elementos.

– ¡Gómez! ¡Socorro! – gritaba Angelote, calado hasta los huesos y hundiéndose en el fango que rápidamente había formado la lluvia.

– ¡Angelote! ¡Angelote!

Gómez despertó repentinamente, gritando todavía el nombre de su compañero.

– ¡Eh, venga, que tenemos que regar! – le gritaba el operario de la empresa de limpieza, que en esa hora temprana de la madrugada regaba la calle.

Gómez, con un sabor en la boca que sólo es posible conocer si alguna vez has lamido la moqueta de los servicios de un bar de carretera, se levantó a duras penas de donde estaba, preguntándose para si mismo en su interior propio si alguien conocía alguna pena blanda.

Palpándose el cuerpo, comprobó que efectivamente llevaba la cartera, que no era suya, unos pantalones que no eran suyos, un bolso de piel de nabo (o de cáscara, según se mire) que si que era suyo pero que no sabía como había llegado allí y las llaves de su coche, aparcado al otro lado de la calle y hacia el que se dirigió con paso tambaleante.

Al pasar con ese paso por delante de otro damnificado por el alcohol de la noche anterior, este le empezó a tocar las palmas al compás, con lo que Gómez se arrancó por unos tanguillos improvisados:

– ¡Ayyyy que pena mas grande tengo, que yo te quería, y ahora que no te tengo, estoy hesho una porquería!

– O-o-o-ooolé – dijo el señor que tocaba las palmas, tras lo que cayó inconsciente (cayó de caer y de callar también, porque al estar inconsciente la verdad que el pavo no hablaba).

Gómez, tras unos segundos de incertidumbre, o más bien, tras unos segundos de tambaleo con la mente en blanco, se dirigió hacia su coche, abrió la puerta y después de dos tambaleantes momentos, entró en el vehículo.

Le habían robado, estaba claro. No veía el radiocasete, pero tampoco veía el volante, la palanca de cambios, el cuentakilómetros ni el freno de mano.

– Cagüen… – dijo Gómez, seguido de un sordo “¡Ahivá!” cuando se dio cuenta de que se había sentado en el asiento de atrás.

Cambió su ubicación con respecto al interior del automóvil y se sintió bastante reconfortado al comprobar que todo seguía allí: cuentakilómetros, volante, radiocasete, palanca de cambios, freno de mano, perro dálmata sumiso dormido sin collar, Angelote dormido con el collar del dálmata en el cuello (de la cabeza) y del que colgaba un sobre en el que se podía leer “Abrir”.

El cerebro de Gómez tardó unos segundos en asimilar aquella información. Pensó en que si el sobre estaba abierto, aquella orden que llevaba escrita no tenía ningún sentido. Para suerte del continuo espacio-tiempo y la cordura de Gómez en cuestión, el sobre se hallaba cerrado. Y tenía la sensación de haber visto a aquel cánido en alguna otra ocasión.

No tardó en atar cabos, por lo que ahora tenía una serie de cuerdas atadas en las manos.

Angelote despertó entonces, exhalando un pestilente aliento por el conducto de exhalar.

– ¿Has dormido bien? – preguntó al dálmata, que por toda respuesta se lamió la punta del.

– ¡Angelote, recompóngase! – gritó Gómez, con tal autoridad que consiguió que su compañero saltase del asiento y antes de caer pusiese el asiento en posición vertical, se abrochara el cinturón e indicase al resto del pasaje la situación de las salidas de emergencia.

Pena que el resto de la tripulación estaba en ese momento lamiéndose el.

– ¡Gómez! ¿Que pasó anoche?

– No la he visto, pero creo que salía Robert de Niro.

– ¿No era Dustin Hoffman?

– ¿Pedro Osinaga?

– ¿Teresa Rabal?

– ¿Rob Lowe?

– ¡Ese era!

– ¿Y sabías, curiosidades, que salía Demy Moore, que ahora está enrollada con el que hizo “¿Colega, dónde está mi coche?”, de temática similar?

– ¿Enseñaba el entreteto?

– No sé, no la he visto. ¿Por qué el perro se lame el?

– Esa tampoco la he visto.

– No, pregunto por el dálmata…

– Ah, no sé. Cosas de perros.

Gómez se alejó un poco de su compañero, tanto como le permitía en interior del vehículo, y mirándole de arriba a abajo y de este a levante, le dijo:

– Angelote, creo que llevas ropa mia.

Angelote, mirándose de abajo a arriba y de levante a barlovento, se dió cuenta de que así era. Luego mirando de punta a rabo a Gómez, que tenía la bragueta desabrochada, respondió.

– Gómez, creo que esta noche hemos intercambiado la ropa.

Se podía cortar el aire del habitáculo con un cuchillo mellado. La tensión crecía mientras Angelote y Gómez intentaban no hacerse preguntas incómodas sobre lo acontecido en las últimas horas, sobre por qué llevaba aquel el collar del perro colgando del cuello, sobre el sobre que del collar colgaba, y de por qué a ambos les dolía el ojete.

– Yo opino que lo mejor será que no volvamos a hablar de esta noche nunca más.

– Yo también. Ahora dame ese sobre.

Angelote le tendió el sobre a Gómez, que lo abrió y procedió a su lectura.

– Dice “Lo de esta noche ha sido muy especial. Firmado Ramiro Frincachelli”

– ¿Quién es ese, Gómez?

– No lo sé. Pero te aseguro que lo vamos a encontrar. Y cuando lo encontremos, nos va a responder a algunas preguntas. Aunque sea mudo. Aunque sea mudo y esté bajo agua. Aunque sea mudo y esté bajo agua y esté muerto. Es más, va a responder aunque sea mudo, esté bajo agua, muerto y tenga el iPod puesto a toda leche.

– Pero recuerda que ya no somos policías. Cualquier agresión la vamos a tener que explicar, no podremos usar métodos expeditivos, ni disparar a las ruedas, ni hacer el Bruce Willis…

– ¡Un policía es policía siempre, aunque lo hayan echado del cuerpo, sigue formando parte del cuerpo hasta que la última gota de su sangre caiga al suelo en defensa del orden y la justicia!

– Que duro eres, Gómez.

– Si, me lo dicen mucho. Ahora vamos a por Franquichili.

– Frincachelli.

– Eso.

CHA-CHAAAAN del capítulo nueve.

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4 comentarios en “Nunca es tarde si se llega antes: Capítulo nueve.

  1. Mapashito

    Los mejores policías que se han inventado desde Mortadelo y Filemón, que a todo esto no son policías (compañías múltiples).
    Arte con Mayúsculas y en negritas!!! Sin duda la parte del coche la mejor 😀

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