Nuca es darde si se guella nandes: Catípulo zied.

Tras una ducha y una dosis de ibuprofeno que sería letal para alguien con menos corpulencia, carácter o redaños, Gómez comenzó a sentirse mejor. Y tras expulsar una colonia de pulgas del sillón orejero, también comenzó a sentarse mejor. Conectó la televisión, haciendo tiempo hasta que llegase Angelote, que había ido a su casa a adecentarse un poco también y a quitarse la sombra de ojos y el carmín. Dos segundos después, estaba dormido.

Soñó con muchas cosas, que tampoco es que fuesen… así que…

Cuando despertó vio en la televisión como una muchacha en ropa interior le ofrecía sexo seguro si llamaba a un número de una vidente que le regalaría 10.000 euros si encontraba la palabra “gato” en un panel de cuatro letras.

Obviamente, estaba sobre el mando a distancia, tumbado concretamente, y le daba con algo al botón de “Siguiente canal”.

Sí, ese algo que normalmente se despertaba diez minutos antes que el y que confería a la ropa interior la categoría de “Tipi para clics”.

Miró el reloj que tenía encima de la mesilla del teléfono y vió que sólo tenía diez números.

– Ojú que torta – masculló, mientras apartaba el teléfono y ahora sí, miraba el reloj. Había dormido todo el día y parte de la noche. El teléfono recién apartado empezó a sonar, y su simpática melodía, consistente en un continuo ring bastante desagradable le instó a descolgar.

– Gómez – dijo al descolgar.

– Hola marinero… – una voz femenina le contestaba desde el otro lado del teléfono y desde el otro lado de una resaca que ríase usted de la de Ortega el día después de su boda.

– Perdone, creo que se equivoca.

– Si, si… anda canalla, que me tienes sin dormir desde hace dos días ¿Cuándo vas a venir?

Gómez empezó a sospechar a quien pertenecía aquella voz…

– Mamá, no me jodas, que estoy en medio de una investigación…

– ¿Quieres llamarme mamá? Por mi bien, chacho perrrrrrrrrr(seis o siete erres más)rrro

Gómez empezó a sospechar que la primera que sospechó había errado.

– Eh… ¿Manola?

– ¡Cuando tu quieras, perfil griego!

Gomez había dado su palabra de hacerle una visita, y el siempre cumplía, así que ahora Gómez tenía varias opciones. Rápidamente descartó el suicidio, huir del país, convertirse a alguna rara religión y desaparecer en el Tíbet, con lo que sólo le quedó cumplir su promesa.

Resignado, respondió.

– Mira, Manola, tengo que buscar a un tal Frinquichili esta noche, pero mañana me tendrás por ahí…

– ¿Frinquichili? ¿No será Frincachelli?

– Sí, ese, que nos ha dejado un anó… ¡espera! – El tiempo pareció congelarse porque hacía un frio de un par de. El silencio que siguió precedió al posterior y antecedió al siguiente. O algo así. – ¿Le conoces?

– Sí, claro. Se hospeda aquí.

– Espérame ahí, Manola, hoy es tu día de suerte. Te ha tocado la primitiva. Acabas de acertar el premio gordo. Y te puedo asegurar que es gordo…

– ¿Sí?… Sigue, sigue… – dijo Manola, con ardiente interés.

– El burro ha soplado la flauta y le gusta como suena. El lobo ha aullado a la luna y la luna se ha puesto cachonda… – continuó Gómez, viniéndose arriba.

– Sigue, sigue – decía Manola al otro lado del hilo telefónico, sonoramente excitada.

– El gato se ha limpiado su esto y ha decidido que no está limpio aún. El perro se ha olido su aquello y ha echado de menos la pierna de su dueño… – respondió Gómez, no sin notar una alarmante falta de inspiración.

– ¡Sigue, sigue, no pares! – aullaba Manola, al otro lado del teléfono, que por dar detalles, sostenía con una mano.

– El ratón se ha comido su queso y la cucaracha acaba de descubrir la casa de un enfermo de síndrome de Diógenes… – a Gómez le empezaban a doler las sienes por tal esfuerzo de inventar símiles afrodisíacos

– Ahm, ahm, no sigas, no sigas…

– Vale. – dijo Gómez, aliviado, y colgó. Algunos testigos dicen que los gritos de frustración que se escucharon en los apartamentos Manoli fueron audibles a varios kilómetros, y que hicieron romperse varios cristales de escaparates, saltar varias alarmas de automóviles cercanos y adelantaron el parto a toda la planta de maternidad de los distintos hospitales.

Y cuando decimos hospitales, queremos decir los de doscientos kilómetros a la redonda.

Justo en ese mismo momento, se cayó uno de boca en calle nueva, y otro que pasaba por al lado exclamó

– ¡PO! ¡NOOVE!

También en ese mismo momento, Angelote llamó a la puerta del apartamento. Aguardó hasta que le abrieron (de otra forma, tendría que haber atravesado la puerta, que no parecía incluir en sus planes para ese día ser atravesada por nadie) y cuando la puerta giró sobre sus bisagras en un eje Z si se observaba de forma perpendicular a la ubicación del marco, Angelote se dio cuenta que se había equivocado de puerta, ya que el que le abrió no era sino Gómez, sino aquel, sí, aquel que por las noches te persigue, el que te anhela el que te adora, el que cuando llueve se moja y cuando no llueve huele mal, no que eche peste, sino porque tiene un problema de pituitarias.

– Perdone, que me he equivocado. – dijo Angelote – Estoy buscando al detective Gómez

– Es la puerta de al lado de aquella de allí, pero en la tercera planta a partir de esta. – dijo el señor que le había abierto, mientras sostenía en su mano diestra una botella de jugo de melocotón en almíbar y en la izquierda un ejemplar de “Las aventuras de Beremundo Filorte”.

– Gracias – dijo Angelote, y antes de despedirse pero tras abrazarse, se besaron los antebrazos. Y os preguntaréis “¿Por qué?”

Yo también.

Obviemos todo el trajín de que Angelote encontró la planta donde vivía Gómez, que se volvió a equivocar de puerta, que le abrió en esta ocasión un clarinetista de Brooklyn que odiaba a Woody Allen y todos los tornillos que usaba eran de cabeza plana (y rosca chapa, pero esto es otra historia), y que invitó a Angelote a mostachones de Utrera, pero este declinó la invitación porque este señor guardaba los dulces en el interior del pantalón.

– Y bien – dijo Gómez, una vez Angelote salió de la ducha (hemos obviado también su encuentro con Sandokán, el tigre de Malasia) – Yo iré a ver a Manola y a Frincamilli…

– Franquichelli – corrigió Angelote.

– … sí, a ese también. La idea es que mientras yo estoy sobre la pista tu me cubras la retaguardia…

– ¿Mientras está sobre Manola?

– … er… no, mientras esté sobre Manola, y dios no quiera que sea al contrario, yo mismo me ocuparé de mi retaguardia, quiero decir la retaguardia de que te quedes en la puerta y no dejes pasar a nadie…

– ¿Quién querría pasar?

– Cualquiera, Angelote, cualquiera. Si el mismo diablo sube a la tierra y quiere entrar, quiero que le dispares y le mastiques los hígados, que se vuelva al infierno sabiendo de qué pasta estamos hechos los policías por aquí.

– Que duro eres, Gómez.

– Me lo dicen mucho, sí.

– Gómez.

– ¿Sí?

– ¿Y si viene el Mozito, lo dejo pasar?

– Angelote, hay dos cosas sagradas en esta vida. Mi madre, mi culo, y el Mozito Feliz.

– Gómez, esas son tres.

Gómez se acercó hasta estar tan cerca de Angelote que le movía el flequillo al pestañear.

– No lo creo.

CHA-CHAAAAN del catípulo zied.

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3 comentarios en “Nuca es darde si se guella nandes: Catípulo zied.

  1. John McKlain

    “Justo en ese mismo momento, se cayó uno de boca en calle nueva, y otro que pasaba por al lado exclamó

    – ¡PO! ¡NOOVE!”

    Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa XDDDD

    A partir de ahí, espiral de diversión surrealista a 9.8m/s en caida libre.

    Que guapo, Juan 😄

  2. Bicho

    Las 4 úlimas frases me dejan confuso…

    ¿Quiere decir que una de las tres cosas no es sagrada? ¿O quizá que la madre de Gómez sea el Mocito feliz?
    Puede que sea, porque he visto al mocito besar los antebrazos de la Pantoja, auqnue también le he visto besar otras cosas y no creo que sea maricón..bueno, en verdad creo que es gayer, pero da tanto asco imaginárselo a cuatro patas que prefiero pensar que es un machote…de hecho me gustaría que me petara el caca.

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