Cuento indeleble: Camiño Cifornas o la búsqueda interminable

El motor rugía a medida que atravesaban aquellas planicies de paisaje clonado.

Sacaron entonces el león del motor, y este se limitó a hacer su normal ruido.

– Debimos parar en aquella estación de servicio, Camiño – dijo ella.

Ella era una mujer bastante común. Dos ojos, dos cejas, dos boquetillos en una única nariz, una única boca poblada con un número estandar de dientes, dos orejas, un cuello y dos hombros a los que seguían sendos brazos y que culminaban en un par de manos que tenían un número de dedos que ascendían a diez entre las dos. También tenía un tatuaje con la mascota antigua de phoskitos en uno de sus dos pechos, y un ombligo en el que se aberronchaban pelotillas de pelusa. Justo tras la cadera tenía dos piernas, al final pies y entre ellas, lo correspondiente.

Sin embargo, uno de sus ojos miraba para donde quería, una de sus cejas era rubia y la otra morena, uno de sus boquetillos tenía una verruga en su apertura que le dejaba inservible. Sus labios eran finos por donde tenían que ser gordos y estaban inflados con botox allí donde deberían haber sido finos. El número de dientes era el estandar de cualquier dentadura postiza como aquella que llevaba y a las orejas les faltaban trozos inverosímiles. Su cuello estaba inflamado, pareciendo un flotador para la cabeza, y sus hombros estaban dispuestos a distintas alturas, cosa que acentuaba el hecho de que sus brazos fuesen de distintas longitudes y que sus manos tuviesen diez dedos entre las dos, pero repartidos de forma no equitativa. Sus pechos eran como el yin y el yan, ya que uno representaba todo lo bueno y el otro lo contrario, en el ombligo las pelusas se aberronchaban y servían de guarida a una manada de insectos aún sin nombre científico pues habían mutado gracias a las radiaciones de su cadera de amianto. Llamar a lo que tenía al final de las piernas pies sería como llamar al Titanic patera y de lo correspondiente no ha habido nadie que haya sabido dar una descripción detallada si no es aludiendo a “Apocalipsis 13,1“.

– Ana, hija, si paramos en cada estación de servicio, pararíamos en todas ellas.

– ¿Y no son las paradas las que hacen que el camino restituya los corazones, y los leves recesos los que glorifican la transumancia que nuestros cuerpos ineludiblemente deben atender?

– Total, que otra vez te estás cagando.

– Efectivamente padre, noto en mi interior como se nutre de mis mismas miasmas un mojón de esos que al verlo causan estupor, admiración, y llamadas al fontanero y a “Desatascos Guadalhorce”.

Pararon el coche y lo dejaron a la sombra de unos pinos, donde María del Monte del Calvario intentaba ligarse a un rociero con bata de cola.

Que igual no era rociero, vaya usted a saber. Y ya que va, tráigame por favor dos quintales de lo que allí es proclive y aquí casea, quiero decir, que aquí es casea.

Entró la niña en el baño, mientras Camiño rellenaba de agua el odre del asno, cuando un enajenado grito, proviniente de un loco enano, les sacó a cada uno de sus pellejos, quedando un momento en carne viva.

– ¡Titanluuuuuuuuuu, titanluuuuuuuuuuu! – gritaba el pobre enano, mientras Camiño se escondía en la boca del asno y su hija se escondía dentro del mojón que acababa de traer al mundo – ¡Titanluuuuuuuuuu, quiero titanluuuuuuuuu!

– ¿Cuán gritan esos malditos? – dijo Robespiere, que estaba escondido dentro de la máquina de Coca-Cola.

– What is this noise? – dijo Doña Carmen de los Altos Rulos y el Chotuno, que pasaba por allí lamiéndose las rodillas.

– ¡Sabed, mirad, cuán es mi desgracia! – dijo el enano, ya con unos decibelios menos de volumen, cosa que agradecieron todos menos Robespiere, que era un poco sordo – ¡Sabed que me persiguen una miriada, chispa arriba chispa abajo, de pintores nórdicos desnudos rodillo en mano buscando una lata de Titanlú dónde mojar sus brochas!

– Oh my god, thats wonderful – dijo Carmen.

– Será awful – corrigió Camiño.

– No, wonderful, wonderful – Dijo Carmen, desabrochándose el corsé y corriendo en la dirección en la que supuestamente venían los pintores.

El enano, agradecido pero no emocionado porque tenía el síndrome de no estar emocionado, más conocido como el síndrome de “Qué jodío”, embadurnó su cuerpo en salsa barbacoa y volvió a salir corriendo, esta vez gritando:

– ¡Rickymartiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin, Rickymartiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin!

Y entonces Ana, que salió de dentro del mojón, aprovechó la coyuntura y encendió un fuego donde hacer una paella, mientras que Camiño buscaba arroz, Robespiere trajo gambas de tierra, tambien llamadas cucarachas y el empleado de la gasolinera un extintor, que no dudó en usar sobre el mojón de Ana tres momentos antes de que Fray Guillermo de Canterbury se cortase las uñas de los pies y la gasolinera saltase por los aires.

Y es que debería estar prohibido cortarse las uñas… a menos que sea en presencia de un abogado, claro.

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