Strömfherd “El zumbón de los bosques”

Aquella mujer con manos de hámster y ranas en el útero, se desperezó entre los matorrales de bergamota y madreselva. Se había pasado las dos últimas noches durmiendo en el regazo de la desidia, abandonada como un perro moribundo, ahogada en gusanos, desvencijada como un arcaico baúl.

La luz mortecina del perezoso sol de Noviembre se filtraba a través de las ramas de los sauces que coronaban el bosque y rebotaban sobre los párpados de Clotilde “La cachopuerca”. Aún más dormida que despierta, trataba de recordar cómo había llegado a ese lugar. En la recámara de su memoria no había espacio para el recuerdo. Solo se acordaba de una cosa: que era muy puta. Puta hasta las trancas, y le encantaba serlo. Además barata. Por lo demás, su mente parecía un níveo mantel lavado con Perlán Ultra,
untado con harina y pintado con leche de búfala de pelaje cano. Levantóse Clotilde lentamente, arrastrando junto a ella raíces, tierra y larvas que ya empezaban a asentar poblados y ciudadelas en sus partes nobles, burguesas, campesinas y otros sabores de Lays.

Sin mediar palabra, porque estaba sola, y ella es puta pero no tonta como para hablarse así misma, se arreó dos guantazos en los hocicos, como intentando despabilarse, aunque dada la violencia del gesto parecía estar tratando de reanimar a un cachalote malvino (como por ejemplo Don Simón).
Estando ya más despierta, continuó tratando de elucubrar, qué le había llevado a despertar en mitad de un bosque de sauces rodeada de insectos, untada en tierra mohosa y con los ropajes más rasgados que los ojos de una china cagona harta de amasquillos de Cártama.
Casi ausente de sí misma, logró alcanzar la verticalidad, metiendo sin darse cuenta su cabeza en la colmena XL de abejas asesinas africanas que había sobre ella. Las abejas, gordas como pomelos, se ensañaron en la pobre Clotilde, cuyo rostro acabó como el ano de un babuino de Chueca.

En aquel momento pasó por allí el bueno Strömfherd, un leñador islandés que solía pasearse desnudo por aquellas florestas con una rama de olmo en la boca y un enano rosa sobre el hombro. Strömfherd, de 2,60 metros de altura y 320 kilos de peso, iba silvando una inocente melodía, mientras su pene se bamboleaba como un badajo de algodón colocado en una tarta de cumpleaños en el momento en el que diez alegres colegiales soplan para apagar las velas.
Era conocido en la aldea como “El zumbón de los bosques” y había sido encarcelado varias veces por violar osos pardos y huecos de árboles, por los que sentía una especial atracción.

“Papá, ¿es resina lo que rezuma de este roble?”
“No lo sé hijo, parece demasiado densa para ser resina”
“Papá está muy dulce y tiene grumitos. Quizá me la lleve para hacerle mermelada ecológica al abuelo.”

Clotilde, con los párpados escocidos e hinchados como los tobillos de una ballena, esbozó una mueca de alivio y acudió a rastras ávida de auxilio hacia el fitófilo de Strömfherd.

-Auxilio, buen hombre. Haga usted el favor de atender y/o socorrer a esta señorita, que malherida y confusa se encuentra entre la enjundiosa hojarasca.

Strömfherd, al que le asomaba una oronda y rosácea barriga llena de vello bajo la camisa de cuadros, dejó por un fomento de masticar la  rama de olmo de su boca y alzó la vista hacia donde procedían las voces. El enano giró el cuello al unísono.

-¿Quién osa a interrumpir mi jubiloso silbido? – gruñó Strömfherd mientras enarcaba una ceja, torcía la lengua, se le erizaba un pelo del culo, se rompía el dedo gordo del pie, perdía un par de neuronas, digería las garrapiñadas de ayer y se atusaba la barba, a la vez que se acercaba a la muchacha.

-Por favor, buen hombre -dijo Clotilde cegada por la hinchazón de sus párpados- no soy ninguna osa. Soy una joven, que se ha perdido en este bosque. Présteme ayuda, por favor, ya se la devolveré más tarde.

Clotilde no sabía que estaba contrayendo una deuda de la que se arrepentiría toda su vida.

Strömfherd anduvo los escasos metros que le separaban de la joven, que parecía el cadáver de un apicultor volviendo a la vida desde la ultratumba. El leñador se colocó justo delante de la chica, observando sus heridas y el mal estado en general y teniente coronel que presentaba.
Clotilde, que percibió cómo una sombra enorme se cernía sobre ella, logró asomar un ojo entre los abultados párpados y lo primero que vió fue un primer plano contrapicado (por las picaduras de abeja)  y aberrante (dícese de aquel ave que vaga de un sitio a otro) del pene del leñador islandés. Kilo y cuarto, con 90 centímetros y un calibre colosal.

-¡Vérgame Dios!
-¿Qué haces ahí tirada, entre tanto arbusto y con perdida mirada?
-No lo sé. No sé quien soy, ni de dónde vengo, solo sé que soy la más puta del pueblo.
-Ayudarte yo debo, aunque mi paseo interrumpas.
-Mis gracias le ofrezco, dime lo que quieras que cumpla.
-Pues agarra el pellejo que llevo debajo, que cansado estoy de llevarlo colgando.

La joven, que por un momento no entendió lo que le pedía Strömfherd, pronto comprendió lo que el leñador le estaba pidiendo. Aunque cansada y malherida, Clotilde sacó fuerzas de la nada y se hechó al hombro el inmenso carajo del leñador, que suspiró con alivio mientras su pellejo se relajaba. Incluso se pudo oir el sonido que hace la cecina seca al relajarse después de estar expuesta a tensión durante media vida.
Con dos huevos como dos marmitas galas sobre la espalda y el cilindro cárnico sobre el hombro derecho, la meretriz comenzó a andar en la dirección que le marcaba Strömfherd, como si fuera una veleta o un GPS (Gran Polla Senderista). Mientras, el enano de color de rosa, que tenía muy mala leche, azotaba a la joven con una espiga espinosa y venenosa.

-¿Tiene el enano que golpearme todo el rato con eso? Me está haciendo daño.
-Nadie habla así de Gurblik. Pídele perdón.
-Perdón, Gublin.
-Se llama Grunblik.
-Perdón, Grublin.
-He dicho que se llama Gublin.
-Perdón, perdone usted, señor Gublin.
-Así me gusta. Gublin, sigue golepando a la señorita.

Clotilde, caminó durante horas cargando sobre sus lomos la gran picha de Strömfherd y soportando los latigazos del enano. El leñador parecía caminar sin rumbo ni Rambo, que no había venido porque se encontraba cazando salmones en la desembocadura del Guadalhorce. El nórdico continuaba silbando esa melodía infantil con una estúpida sonrisa pitorreada en su rostro. La situación estaba desesperando a Clotilde, que durante un momento comenzó a experimentar un deja vù. Por el lienzo de su memoria comenzaron a dibujarse trazos de una escena similar a la que vivía en aquel momento, aunque se diluían rápidamente en el éter, impidiéndole establecer una conexión con la realidad actual.
Recorridos unos kilómetros más, Clotilde vió algo en el bosque que le hizo pararse en seco. Quizá estaba a punto de recordar qué le llevó a aparecer inconsciente en la maleza…Continuará.

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