Strömfherd – “La búsqueda de las 200 cabezas grises de hámsters negros”

“Po no”. Lo que vio Clotilde en el bosque y que le hizo pararse en seco no fue nada que le recordara por qué cojones había aparecido semi desnuda en aquel bosque. Simplemente vio un manzano (hombre inglés zin enfermedades) cuajado de lustrosas manzanas verdes como los ojos una ninfa de ojos azules y grandes como los ojos de una ninfa de ojos pequeños.

-Señor leñador. Tengo hambre, su plúmbeo pene me está haciendo daño en el hombro y creo que el látigo de Gublin ya ha llegado a tocar el hueso de mi cráneo. ¿Sería posible que parásemos a comer algunas de aquellas manzanas?
-Creo que no le he dado permiso para hablar. Gublin, vuelve a golpear a la señorita.
-No he parado de hacerlo en todo el camino, señor. Además, con fuerza in crescendo y muy mala leche.
-Está bien, muchacha. Haremos un trato. Pararemos a comer manzanas si me ayudas a ayudar a un amigo.
-¿Puedo comer primero?
-No. Verás, tengo un amigo que colecciona cabezas grises de hamsters negros. Sólo quiere cabezas, nada de cabezas con un poco de cuello, y han de ser grises. PERO, los hamsters han de ser negros.
-¿Qué mas le da el color del cuerpo del hámster si solo quiere la cabeza?
-Te has quedado sin mazanas.
-¿Pero por qué?
-Por preguntar más de la cuenta. Ahora buscarás las cabezas de los hámsters para evitar que Gublin siga pegándote con un upgrade de su látigo.
-¿Y las manzanas?
-Te comerás una manzana podrida por cada 50 sanas (mansanas) que recolectes para nosotros, después de encontrar las cabezas y recibir 1d20x10 latigazos.
-¡Es injusto!
-¡¡¡1d20x100!!! ¿Vas a seguir rechistando?
-No, señor. Comenzaré la búsqueda ahora mismo.
-¡¡¡1d20x1000!!!
-¿Pero por qué?
-Por comenzar sin mi permiso. Tendrás que buscar 200 cabezas grises de hamster negro en un radio de 1 kilómetro. No quiero que te alejes, aún no me fio de tí. Y supongo que tú tampoco te fías de mí, a pesar de las innumerables razones que te he dado para ello. Te colocaré este collar electrificado con control remoto. Si te alejas más de un kilómetro de mí, le daré al NO y si te acercas le daré al FFO.
-Señor, tiene el aparato al revés.
-¡¡¡1d20x10000!!!
-Señor, he sido yo el que ha hablado -le dijo Gublin.
-Me da igual -respondió Strömfherd-. ¿Lo has entendido, muchacha?
-Sí.
-Pues empieza -le ordenó Strömfherd poniéndose unas gafas de culo de vaso (glASS).

Clotilde comenzó a caminar, y cuando le separaban escasos 5 metros del leñador recibió una descarga en  el cuello que la hizo retorcerse hasta caer al suelo desplomada.
-¡Señor¡ No me he alejado ni diez metros. ¿Por qué me da una descarga?
-Debe ser por estas gafas. Hace tiempo que no voy al oculista y me pareció que te alejabas despavorida.
-Le ruego que se las quite y que Gublin controle si me alejo o no.
-¡¡¡1d20x100000!!! Bueno, mejor no, son demasiados latigazos. Está bien. Gublin, vigila que la chica no huya mientras busca las cabezas. Yo mientras prenderé fuego este manzano, el único que hay en la zona, para aliviar el frío que me embarga.
Clotilde prefirió no decir nada y comenzó a caminar mirando al suelo en busca de las 200 cabezas grises de hamsters negros. Pasaron dos horas, y lo único que había encontrado fue un sapo pisoteado, un par de conejos y un manojo de pájaros metidos en una bolsa.
-¡Vamos inútil! -le reprendió Strömfherd-. No es tan difícil.
Por más que buscaba y rebuscaba, en aquella floresta no había ningún hámster. Pasaron seis horas. La joven estaba agotada y llena de resguños. Ya caminaba cabizbaja con los ojos entornados, sin esperanza alguna de encontrar las cabezas ni de comer manzanas ni de salir con vida de aquella pesadilla.
La noche cayó, dándose un cogotazo con las colinas más septentrionales y tiñiendo de añil ceniza la bóveda celestial.
-¡Desgraciada! No tengo todo el día -seguía insultándole el leñador.
Cuando Clotilde estaba apunto de darse por vencida, escuchó una musiquilla procedente de algún lugar bajo sus pies. Trató de buscar el rastro de la melodía escudriñando con su tímpano entre los arbustos y los surcos del suelo, hasta que topó con lo que parecía ser la entrada de una madriguera que no era de topos, a pesar de toparse con ella. De aquel boquete destilaba un haz de luz ambarina acompañado de una música guatequera de los años 70. Sobre la oquedad había un neón con el lema “Hamster´s Disco Jazz”. Clotilde se asomó, pero solo logró ver un largo pasillo que viraba de izquierdas al fondo.
-Ahí dentro tiene que haber hamsters -se dijo para sí Clotilde-. ¿Pero cómo los hago para salir?
Clotilde, que se acordó de un capitulo de David el Gnomo en el que los trolls hacían fuego en la entrada del árbol de los gnomos para obligarles a salir, empezó a recoger hojarasca y ramas y los colocó junto a la entrada del garito. Rememorando al Último Superviviente se arrancó dos muelas y las golpeó para crear una chispa que prendió fuego la montañita de hojas. Después empezó a soplar para que el humo entrase en la madriguera. Mientras soplaba, pudo leer un pequeño cartel junto a la puerta que decía: “Tonight, albine party”. Pasado un rato comenzaron a salir decenas, centenas, miles de hámsters. Todos ellos blancos como el pene amputado de un sacerdote, metido en una botella de Tippex. Cuando Clotilde comprobó que no salían más alimañas (hamsters de Zaragoza) se puso a cazarlos como buenamente podía. Los pisoteaba, les daba patas, mordiscos, los cogía y se los metía en el vestido, en la boca, les daba codazos, les hacía sillitas eléctricas y patadas voladoras. Incluso puso a uno con la espalda contra el suelo y conto hasta tres para sentirse la ganadora aquella noche. Los hamsters comenzaron a morderle y rasgarle el vestido hasta dejarla desnuda. Pero Clotilde seguía fuera de sí. Comenzó a echar espuma por la boca, a raíz de las mordeduras infecciosas de los hamsters albinos. La puta seguía coleccionando roedores, y cuando ya no tenía más sitio donde meterlos, comenzó a introducirlos en su vagina, empujándolos con dos dedos; reventando a los más gordos que no cabían, colando a los más escualidos, que caían con holgura, como una moneda en un pozo.
Pasadas las 6 de la madrugada. Clotilde cejó en su pugna con las ratas. Corrió hacia un altozano, donde se disponía a hacer recuento de los animales que había cazado. La mala suerte hizo que se alejara demasiado y Gublin accionó el collar de electrocución durante 20 segundos. Aumentó la potencia desde el punto “Tostada con mermelada” al de “Pollo carbonizado”. Clotilde, rodeada de chispas y rayos, comenzó a sufrir espasmos y a movese de un lado para otro. Los hamsters empezarón a brotar a su alrededor entre bolas de humo, la mayoría calcinados. Clotilde cayó al suelo desnuda, entre llamas y hamsters muertos. Cuando volvió en sí, recuperó los hámsters y pensó la manera de pintar las cabezas de los hámsters albinos de color gris. Por suerte, guardaba un lápiz de ojos en una de sus trompas de falopio. Metió su mano en el agujero conyugal y sacó un perfilador de ojos entre un puñado de roedores ensangrentados.

-¡¡¡Muchacha!!! Te doy diez minutos para que me traigas las cabezas -gritó desde la lejanía Strömfherd.

Clotilde se apresuró a pintar las cabezas de los hamsters. Primero los contó hasta llegar a 200, luego les cortó las cabezas con las manos y la boca, tratando de que no les quedara nada de cuello.
-“¿Cómo coño puedo saber dónde empieza la cabeza y dónde acaba el cuello de un puto hámster?” – pensó frustrada.
Cuando hubo acabado, con calambres en las manos y un manojo de pupas como pomelos en los labios, Strömfherd se acercó. Echó un rápido vistazo a las cabezas de hámster, alineadas en el suelo y le mandó a la chica que ordenase las cabezas por tamaño, de mayor a menor.
La joven, con lágrimas en los ojos y ganas de suiciarse, empleó unas 4 horas más a cumplir lo que le leñador le ordenaba. Mientras lo hacía, Strömfherd le golpeaba con su enorme pene en la espalda y en las manos, provocando que se desordenara la fila de cabezas y tuviera que empezar de nuevo. Una vez acabada la tarea, Strömfherd sacó un catálogo de PANTONE U.S. Web Coated SWOP V2 y halló la lámina del gris que su amigo quería. Colocó la lámina junto a la primera cabeza para comprobar que era del color gris que buscaba. No lo era. Ninguna de las cabezas era del gris que buscaba su amigo. Strömfherd cogió una de las cabecitas y la olió, la miró de cerca, hizo una pequeña pausa y levantó la mirada hacia donde estaba la joven.
-Has tratado de engañarme. Estas cabezas no son grises, son de color ceniza Extra Volume Supergloss de Loreal. Casi todas tienen algunos milímetros de cuello. Además, no son de hamster negro.  Diría incluso que son de lo contrario. ¡TODAS! ¿Crees que puedes engañarme? -dijo Strömfherd dando un golpe estruendoso con su pene en el suelo-. ¿Crees que puedes tomarme por tonto? Después de que te ayudé cuando estaba indefensa y malherida en el bosque, después de darte un paseo por esta enjundiosa floresta y mostrarte los encantos de la comarca, después de llevarte a tomar manzanas…¿y es así como me lo pagas? ¿Tratando de engañarme? Y mírate…podrías arreglarte un poco…¿qué va a decir mi familia cuando vea a mi nueva novia desnuda y con el pelo quemado? Vamos, lávate un poco, que la familia Strömfherd está deseosa de conocerte.

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2 comentarios en “Strömfherd – “La búsqueda de las 200 cabezas grises de hámsters negros”

  1. Me has dejado entre estupefacto y culiforme.

    La pechá de reir que me he pegado a costa de la pobre Clotilde.

    Te van a contratar para hacer la séptima parte de SAW (Sebosos Ausentes en Washington) o el guión de Sálvame Delux, que como sabes va de alguien que pide auxilio cuando el malvado Lux le persigue.

  2. John McKlain

    Me estaba leyendo el relato y pensaba “que poca cantidad de cosas soeces hay aquí, que comedido…” pero final repuntó la cosa. Eres como los de almogía, que si no la pegan a la entrá la pegan a la salía XD

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