Strömfherd vuelve a Wackumomuckbruhl

Después de caminar un par de años luz, se hizo de noche. Caminaron algunos años noche, pero avanzaron más lentamente porque no veían. A la mañana siguiente, llegaron a Wackumomuckbruhl, que en castellano viene a significar “Pueblo lleno de trolls asquerosos que ningún ser humano quisiera visitar ni para degustar las deliciosas quesadillas que se fabrican en él”.
Gublin no había cesado ni un minuto en su labor de jodienda con el látigo. Parecía que se había comido un bocata de pilas alcalinas, con los conejitos y los tambores incluídos (los tambores llenos de pilas por dentro, y a su vez, esas pilas estaban rellenas de conejitos y tambores con pilas dentro). Clotilde ya no sentía ni padecía. De hecho, cuando Gublin tenía que hacer su necesidades o ayudar a Strömfherd con las suyas y paraba de golpearle con el látigo, Clotilde sentía dolor. Sin embargo, cuando volvía a pegarle sentía alivio. Había hecho de dolor algo suyo, como hacen los monjes chaolines que se golpean las pelotas con escobas.
La silueta de Wackumomuckbruhl se recortaba velada sobre el horizonte, vago y evanescente. Un centenar de torres de arquitectura esperpéntica se erigían por doquier, lo que hacía que el perfil de la ciudad pareciese un animal moribundo lanceado en su lomo. A las afueras había miles de pequeñas construcciones desperdigadas de forma aleatoria, como si un urbanista perturbado hubiese lanzado un millar de dados sobre un tapete de montañas y praderas. La ciudad aparecía cercada por una ancha muralla de más de tres metros de alto, y en la puerta principal de acceso, un guardia daba el alto a Strömfherd y compañía.
-¡Alto! ¿Quien va?
-Vamos, Gnorkii, esa frase ya no se lleva. Además, sabes perfectamente quien soy. Eres mi hermano- le contestó el leñador.
Gnorkii era un tipo alto y espigado, fino y elegante, a pesar de lucir una basta armadura y un yelmo que le quedaban desproporcionadamente grande. Vestía un estúpido bigote pintorreado en el rostro, sobre unos labios que parecían pintados con carmín.
-Cumplo órdenes, leñador. No pasaréis si no me traéis un arenque.
-¿Y qué pasará si no te lo traigo y trato de entrar?
-“Aren que” os cuelguen a los tres. Por cierto, ¿quién es la chica? ¿Y por qué tu enano no para de golpearle?
-La chica es mi nueva novia y Gublin le golpea porque le da la gana -contestó Strömfherd.
Gublin miró con arrogancia al guardia de la puerta mientras aceleró la frecuencia con la que flagelaba a la chica y rizaba con más ahínco la muñeca ejecutora. El enano y el hermano del leñador nunca se habían llevado demasiado bien.
-Pues si quieréis pasar me tenéis que traer un arenque o dejarme disfrutar del derecho de pernada con la chica -les espetó Gnorkii con un manojo de sardinas en la boca.
-¿Te refieres a follártela?
-Mmm, bueno…me refiero a ejercer mi derecho como militar a “registrar” a todas las personas que quieren acceder a la ciudad.
-¿De verdad que te follas a todo el que quiere entrar por primera vez a la ciudad?
-Sólo a las mujeres. De los hombres se encarga Mutombo Engpompila, que ahora mismo está dándole la bienvenida a unos turistas japoneses en la garita.
-No recordaba ese artículo en las leyes de Wackumomuckbruhl, pero bueno, si es así…Espérate un momento- le dijo Strömfherd mientras se daba media vuelta.
El leñador recorrió de nuevo parte del camino para más tarde desviarse y zambullirse en las profundidades del bosque, justo donde había un cartel de madera en forma de flecha con el lema: “Ambrosía”.
-Perdone señor, ¿le puedo preguntar hacia dónde nos dirigimos? -balbuceó Clotilde.
-¡1d20x10000000 latigazos! Bueno…no. Supongo que con los que te estará dando Gublin de aquí a nuestra boda habrás pagado con creces el dirigirte a mí sin permiso. Vamos a buscar a una amiga mía, a la que voy a invitar al almuerzo.
El leñador caminó unos metros más hasta llegar a un puticlub forestal. El local estaba en medio de un lodazal en el que retozaban varias piaras de cerdos borrachos. Un marinero alcoholizado orinaba sin cesar en el lodazal, resbalándose de vez en cuando y cayendo enmedio de los cochinos, a los que besaba con besos te tornillo en lo que el creía que era la boca. Al parecer, no le resultaba raro que sobre los “labios” del cerdo hubiera un rabito rizado en forma de muelle.
Entraron al local, que olía a semen de búho africano cebado con vejigas de nutria en escabeche. Una sola bombilla pendiente del techo de la habitación titileaba tímida iluminando levemente lo que había en el interior. Un ramillete de putas ensangrentadas muy muy viejas tiradas en varios sofás junto a una mesa llena de restos de rayas de coca, un plato de algo parecido a berberechos con tomate y varias cuchillas Gillete.
Strömfherd, asiduo del lugar, dio un par de pasos.
-¡Ramón! ¿Estás por ahí?
De la trastienda salió un tipo obeso que iba en pañales, con las uñas pintadas y un sombrero de cowboy.
-¡Hey Strömfi! Me has pillado en mitad de las ablaciones. Mira ese plato…¡Solo en esta mañana ya he hecho una docena!
Ramón regentaba un puticlub muy especial. Sus empleadas pasaban todas de los ochenta años, eran adictas al crack y a la coca y no podían tener clítoris, por aquello de separar el trabajo y el placer. Aparte del prostíbulo, Ramón era dueño y señor de la marca de conservas “Dani”, cuyo plato estrella eran los berberechos y los mejillones con tomate. También poseía la marca “Isabel”, pero desde que esta se divorció de Dani y lo demandó por maltrato, las cosas nunca han vuelto a ser igual.
-¿Qué te trae por aquí? – preguntó Ramón mientras cogía a una de las viejas, la ponía boca abajo, la abría de piernas y le guillotinaba las aletas del coño.
-Quiero a una de tus putas. ¿Cuál de ella tiene más enfermedades?
-Ahora mismo están todas al mismo nivel. Me llegaron anoche procedentes de los suburbios de Moscú. Hubo una fuga radiactiva en uno de estos barrios periféricos…Escáner creo que se llamaba…o Impresora. No recuerdo bien. Y me las trajeron en cajas en el maletero de un Yakolev. Las estoy “tratando” con una cuchilla oxidada que usaban los del centro de cuidados paliativos de sero positivos terminales para rasurarse las pelotas.
-No me sirve, la necesito más infectada.
-Vaya festín te vas a meter, ¿no? Jeje. Bueno, me parece que aquella puede tener paperas.
Strömfherd se dirigió a una esquina, donde había una prostituta de unos 90 años. Dado que tenía Parkinson y había tratado de maquillarse aquella mañana, su rostro parecía un collage de tonos bermellones realizado por un colegial esquizofrénico hasta arriba de antidepresivos. De hecho, se había perfilado los ojos con pintalabios, y se había pintado los labios con la escobilla del váter, minutos después de que Ramón y sus almorranas sanguinolentas se habían dado un paseíto por el WC. Su cuello y sus mofletes estaban inflados. Tenía la cara de un koala inflando un neumático de tractor con la válvula rota. El leñador le agarró del cuello y la elevó diez palmos del suelo. La puta, que tenía los ojos entornados, los abrió medio centímetro. Strömfherd la miró de arriba abajo. Le olió la entrepierna con una inhalación profunda y alargada en el tiempo. Durante un instante al leñador se le pusieron las pupilas moradas y amarillas. Su piel palideció y comenzó a esputar espumarajos como cojines de matrimonio por la boca.
-Es..es…esta es la..la…la…mía -dijo con un hilo de voz ronca.
El leñador pagó 5 yenes al proxeneta, que cobraba en moneda japonesa para evadir impuestos. Además regentaba una oficina de cambio de moneda muy cerca del prostíbulo, donde las comisiones eran altísimas. Strömfherd metió a la puta en una bolsa de plástico, que fue arrastrando hasta que se cansó, y le obligó a Clotilde a arrastrar el saco. Cuando pasaron junto al lodazal, el leñador arrojó a la puta junto al marinero, que enseguida soltó a uno de los cochinos y comenzó a besarla y a penetrarla. Aparte de la simiente del marinero, varios kilos de heces marranas se colaron por el chocho ablado y sanguinolento de la ancianita, que no decía ni pío, ya que no acostumbraba a hablar en horas de trabajo.
-Necesito más enfermedades- dijo Strömfherd-. ¡Ya lo tengo! Iremos al vertedero de desechos hospitalarios que hay junto al desagüe de aguas fecales, la refinería y el Makro. ¡Jajaja! ¡El MAKRO!
Clotilde prefería no decir nada. Pensaba que había tenido suerte en comparación de la vida que le iba a dar el leñador a la pobre puta rusa. Estuvieron andando un buen rato hasta que llegaron al vertedero, donde había una máquina cercenando y compactando basuras. El leñador cogió a la puta y la sacó de la bolsa como cuando un niño pequeño vuelca el contenido de un saco lleno de piezas Tente sobre el suelo de su habitación. Se subió a la máquina y se puso a los mandos. Con sumo cuidado maniobró la pinza de acero de una tonelada de peso que tenía la máquina en un extremo y asió a la puta por el torso. Por desgracia, los dedos de Strömfherd no conferían demasiada precisión y apretó más de la cuenta partiendole todas las costillas +1 a la vieja, que esbozó una leve mueca de dolor, casi imperceptible.
-¡Vamos! ¡No te quejes, vieja guarrilla! -gritó el leñador que estuvo atento al rostro de la puta por si se quejaba.
Strömfherd, que no se había hecho aún con los mandos, comenzó a hundir a la anciana en los deshechos hospitalarios. Como no manejaba bien la pala mecánica, la mayoría de las veces estrellaba con violencia a la anciana contra los montones de basura que allí había. Incluso movía la pala de lado a lado mientras la anciana estaba sumergida bajo varias toneladas de desechos. Estuvo así varias horas. A veces la vieja se soltaba de la pinza, entonces Strömfherd trataba de agarrarla de nuevo, unas veces con la pinza abierta, otras con la pinza cerrada, lo que le ocasionaba contusiones del tamaño de un escudo en el desvalido cuerpo de la vieja. Otra vez había apretado demasiado, esta vez a la altura del esternón, que se hizo añicos. Uno de los pechos de la vieja explotó como un globo de agua a medio llenar, soltando un chorrito de pus y leche materna caducada. La vieja esta vez no ejerció mueca alguna. Era toda una profesional.
Pasadas las 4 de le madrugada (recordemos que llegaron a la ciudad al amanecer), Strömfherd se cansó de jugar con el cuerpo inerte de la meretriz y la dejó caer desde lo más alto que le permitía la máquina. La puta cayó como un dummy hecho de paja y heces en medio de donde estaban los tres. No había por donde cogerlo. Seguramente no tendría ni un solo hueso en su sitio. Tenía toda la piel hecha jirones y se le veía un 99% de carne viva, la cual estaba cuajada de apósitos usados, gasas ensangrentadas, jeringuillas clavadas, restos de operaciones fallidas, fetos deformes, bisturiés oxidados, bolsas de suero mohosas y tiritas marca Acme. Estuvieron 5 minutos mirando a la puta, hasta que esta elevó la mano e hizo la señal de victoria poniendo los dedos en V, como cuando Fernando Alonso tiene un accidente y lo trasladan en camilla. Entonces todos aplaudieron al unísono, que pasaba por allí y patearon a la puta hasta dejarla inscosciente de nuevo, para facilitarle el viaje de vuelta. Clotilde la metió de nuevo en la bolsa para dirigirse a la ciudad.
-¡Quien va!- dijo Gnorkii.
-Hola hermanito. Traigo visita.

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