Cuento indeleble: Matías Five, fontanero.

Cuando el teléfono sonó, un escalofrío le recorrió el cuerpo, sentía el gélido estremecimiento por toda su espalda, así que se quitó del cuello el kilo y medio de pez emperador que había comprado en Mercadonia.

Descolgó el auricular, que tenía aura a culo, y respondió a la llamada.

– ¿Si, dígame?

– ¿Es usted Marcelina Turubesca?

– Efectivamente, dígame, dígame buen hombre, hombre fornido, hombre robusto, hombre rana, hombre homúnculo.

– Permítame, permítame que le cante una tonadilla “Marcelina, un inmenso coral es tu bahía, Marceli-biri-biri-bina, un inmenso coral es tu vagi-ribi-ri-naaaa”.

– Que bello, me pone el vello bello. – dijo ella, comprobando como aquella canción le protegía e hidrataba de la raiz a la punta.

– Es que mi nombre es Johnson Andjohnson. – respondió el, al otro lado del teléfono, aunque en su lado estaba en su lado y la que estaba al otro lado del teléfono era Marcelina, que pensaba que su lado era el lado bueno, y así nos va.

– Eso lo explica todo, Morgan.

Entonces, alguien pegó en la puerta, y esta le denunció y todavía andan de juicio.

– Perdone, pero tengo que colgarle, señor Johnson.

– Vale, total, soy mudo.

Marcelina colgó al señor Johnson de los hombros para que no hiciese arrugas, y fue a abrir la puerta, a la que en aquel momento le tomaba declaración la policía nacional.

Tapón. El de Indiana Jones no, otro.– ¿Si, quién es?

– Soy el fontanero, señora.

– Pase, que la puerta es de papel pinocho.

El fontanero irrumpió a través del papel, lo que dejó a la puerta completamente expedita a la intromisión de algún otro personaje en el cuento, cosa que ahora mismo no tengo clara y si sale alguien más pues ya sabéis por dónde ha entrado.

– ¡Oh, que fontanero más lustroso es usted!

– Es que uso un almidón muy bueno para mis cosas.

– Pues verá, yo le llamé porque tengo unas obturaciones en el desagüe de la bañera que hacen que no corra el agua.

– ¡Pero señora! ¿Y para eso me llama?

– Hombre, para eso y porque esto es una película porno, me preguntaba si accedería usted a saciar mis apetitos sexuales con su miembro viril de forma bestial y nutritiva.

– ¡Pero señora, que aun no hemos sido presentados!

– Yo me llamo Marcelina y usted debe ser Matías.

– ¿Cómo sabe mi nombre?

– Lo pone en el título del cuento, hombre trapezoidal.

– Bueno, pues no queda sino entablar carnales relaciones con ánimo de culminar en sucesivos orgasmos que nos lleven a un estado más placentero o al menos, nos de hambre que al entrar he visto que tiene albóndigas en el fuego.

Y así, mientras Marcelina se desnudaba lentamente en dos segundos, Matías arrancó sus pantalones de un sólo tirón, cosa que logró al primer intento ya que estos eran 100% del chino y las costuras eran, como poco, mejorables.

– ¡Matías, pero que es eso, que veo, que me hallo!

– Perdone señora, tendría que haberla avisado, soy un caso único, soy…

– ¡Dígame,dígame Matías, que se me enervan los gánglios!

– … soy pentapóllido.

Y exclamando un sonoro “Sabeee”, Marcelina empujó a Matías en una cama que apareció por arte de birlibirloque, quedando esparruados los cinco penes en forma uniforme, partiendo del epicentro del púbis. Entonces, Marcelina agarró una caja de preservativos de fresa, y puso con inusitada destreza uno en cada uno de los penes y otro se lo dio al periquito, que se alegró de tener chubasquero porque por las tardes empezaba a refrescar.

Pero algo la inquietó. Se puso de pie sobre la cama, y mirando aquel racimo de penes, tuvo una visión.

Penis star

Y claro, se fue a comprar una hamburguesa, porque le dio hambre.

Pero Matías prefirió Nuggets.

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